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2º parte. Leo Caldas conoce a Camilo Cruz

Libro que estamos comentando: 
El último barco
Uno de esos pequeños misterios que se van desvelando poco a poco en EL ÚLTIMO BARCO sorprende extraordinariamente a Leo Caldas
 
Los dibujos encontrados en el gabinete donde trabajaba Mónica Andrade sus trabajos de cerámica, donde cocía el barro hasta conseguir sus piezas artísticas, fascinaron desde el primer momento al policía por la calidad de su ejecución y porque reflejaban, con un método que a primera vista hacía suponer que tenían su origen en fotografías, verdaderas instantaneas gráficas del trabajo cotidiano en su taller de la joven desaparecida.
 
Que esos dibujos fueran obra de un joven, que en la localidad es considerado como casi deficiente mental  y que ha tenido que soportar desde niño las burlas y las risas de todos por sus dificultades para relacionarse con las personas de su entorno, cobran aún más valor cuando la madre de Camilo confiesa que han sido realizados "de memoria", realizados por el recuerdo instantaneo de una escena en la mente del joven.
 
Una de las pocas pistas que desde el principio había seguido el trabajo de investigación de la policía había sido descubrir el origen y el autor de esos dibujos y, de alguna forma, han dirigido las dos vías de indagación del caso de la desaparición de Teresa Andrade. La cotidianiedad y la cercanía entre el autor de los dibujos y la ceramista que mostraban esos dibujos solo podían estar justificadas por la estrecha relación de dos personas que se conocen bien y que tienen un contacto habitual y cercano. 
 
Hallar al autor de los dibujos sería encontrar por primera vez en la novela a una persona que pueda aportar datos distintos sobre la personalidad y las inquietudes de una mujer que hasta ahora presenta muchas lagunas en sus relaciones con sus familiares, sus compañeros de trabajo y sus pocos amigos.
Ahora nos queda saber si el hermetismo de Camilo va a ser capaz de aportar alguna pista de interés sobre el paradero de Teresa.
 
Al fin y al cabo del tema central de la novela, de la que llevamos ya más de un tercio leído, todavía está por dilucidar. Recordemos que un eminente médico vigués acude a la policía para que, de forma discreta, averigüen el paradero de su hija, desaparecida desde hace varios días desde que no acudió a una cita concretada para una comida familiar.
Hasta ahora Leo Caldas y su equipo han dirigido sus investigaciones, entre otros, en el ambiente laboral de la joven, profesora auxiliar en la Escuela Municipal de Artes y Oficios de Vigo. En esos capítulos hemos podido disfrutar de las pormenorizada descripción de Domingo Villar de una serie de oficios antiguos, alejados de las enseñanzas regladas, que intentan recuperar antiguos trabajos que de otra forma estarían a punto de perderse.
 
Además de la cuidada descripción del edificio y su aulas, al parecer descritas con precisión real, conocemos a profesores y alumnos de disciplinas tan variopintas como el taller de "Construcción artesanal de instrumentos musicales", el "Taller de Luthería antigua" o el Taller de dibujo. En la dedicatoria final de la novela el autor reconoce la aportación y el interés de los profesionales que, algunos con nombres ficticios y otros con los auténticos, aúnan la enseñanza con la pasión por la disciplina de la que son expertos. Y en este recorrido, además del ambiente alejado de la vorágine tecnológica del mundo actual, se nos presentan personajes con los que, ójala, nos volvamos a encontrar.
El otro escenario que hasta ahora ha merecido el interés de Leo Caldas es el barrio que rodea la humilde casa azul donde se había refugiado Mónica Andrade para huir de la vorágine de Vigo. Es el barrio que rodea la iglesia o ermita de Tirán, en Moaña, al otro lado de la Ría de Vigo. Por un lado los caminos y las sendas que bajan hasta la playa, el embarcadero donde diariamente Mónica tomaba el transbordador que la llevaba a su trabajo en Vigo, las casa de los vecinos y los árboles caídos por la última tormenta; y por otro, los personajes que por allí habitan: el pescador zahorí que pesca en compañia de sus canarios, el amigo inglés que ha compartido muchos paseos con la joven pero que desconoce cualquier motivo de una posible huida, los trabajadores del trasbordador que cada día se cruzan con ella mientras hacen el trayecto Moaña-Vigo, sus vecinas que parecen el arquetipo del gallego que nunca se sabe si dice todo lo que conoce o se guarda la mitad ...
 
Supongo que a partir de ahora los trabajos de investigación de Leo Caldas, tan metódico y cabal que no defrauda nunca cuando inicia una nueva linea de investigación sin haber dejado ningún cabo suelto de las anteriores, cruzará la Ría e indagará en el entorno familiar y de antiguas amistades de Mónica Andrade, porque el sabe, y así se dice en la novela, que en los casos de desaparición, el tiempo siempre juega en contra de la vida del desaparecido.
 
Un libro en un minuto: EL ÚLTIMO BARCO (Domingo Villar)