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Dublineses, 13-15

Libro que estamos comentando: 
Dublineses

Hola a todas y todos, aquí llega la última entrega de este viaje por la Irlanda de principios del s. XX de la mano de uno de sus autores más representativos. Antes de dar las pinceladas de esta semana os anticipo que en unos días se abrirá el plazo para inscribirse a la próxima lectura: Jane Eyre, de Charlotte Brontë, ojalá os animéis a leerla con nosotros a lo largo de las próximas semanas.
Dicho esto, vamos con los tres últimos cuentos del libro: "Una madre", "Gracia" y "Los muertos", casi 100 páginas en mi edición (de la 251 a la 349).
 
ESTA SEMANA 
Igual que en semanas anteriores, voy a dar unas breves notas por cuento.
 
Una madre
Otro cuento poderoso que, además, me toca especialmente. Este cuidado que Kathleen Kearney pone en que todo esté claro, negro sobre blanco, antes de la actuación de su hija, es enternecedor (¡y tan actual!) pero, como veremos más adelante, es también necesario.
Quizás es esta idea que merodea en otros cuentos ya leídos de la imposibilidad de cambiar las cosas, de hacer las cosas bien. Aunque, por otro lado, no hay que dejar pasar que hay algunos de los artistas de los que sabemos que sí han cobrado (¿acaso tenga que ver en este asunto la diferencia entre ser hombre y mujer?).
Por otro lado el ambiente triste y cenizo de la gala quizás sea el reflejo de la propia sociedad, en un sálvese quien pueda. En cualquier caso yo, cuentista que se gana la vida contando cuentos frente al público, no hago más que tragar saliva cuando voy leyendo cómo se van desarrollando los días de gala: todo pinta mal. Cada vez peor. Bufff. 
El cierre del cuento es como un portazo sobre el lector: "Creía que era usted una dama" (p. 265), pero qué narices quiere esto decir, ¿que las damas no hablan de dinero?, ¿que no necesitan cuidar de los suyos?, ¿que cualquier truhán puede aprovecharse de ellas?, ¿que por ser dama ha de ser ignorante? En fin, me parece un cuento brutal, una vez más.
 
Gracia
Lo de Tom Kernan borracho, caído al pie de las escaleras y ¡con un trozo (pequeño) de lengua cortado por sus propios dientes al caer!... menudo punto de partida. Y, de nuevo, nos topamos con un cuento en el que la bebida se presenta como gasolina (nunca mejor dicho) de la acción.
Tras este incidente hay que ponerse manos a la obra para reconducir al protagonista por la buena senda. El plan es inmejorable: llevárselo a unos ejercicios espirituales (digo yo que en aquel momento sería un buen plan, pero vamos...). En cuanto a los amigos "salvadores", estos que han ultimado el plan y que se presentan en la casa del propio Kernan para convencerlo de que les acompañe a los ejercicios espirituales, estos amigos, sí, que acaban todos pimplando alegremente junto al convaleciente. Qué barbaridad de imagen.
Pero, una vez más, es como si el cuento tuviera un estrambote. Porque el final no es un cierre esperado, desde luego: esa referencia a la contabilidad desde el púlpito es una imagen también muy poderosa. Una sugerencia en la que, desde la tribuna de lo espiritual, se reivindica el ámbito de lo material. 
Otra maravilla de cuento.
 
Los muertos
Me gusta mucho, mucho, esto que ocurre una y otra vez en todos los cuentos, ese estrambote del que hablaba en el cuento anterior y que sucede en varias ocasiones a lo largo del libro. El relato avanza en una línea, no tiene uno muy claro a veces quién es el verdadero protagonista de la historia; de pronto hay un hecho que puede ser relevante para lo que va a suceder; pero de pronto no lo es; pero de pronto sucede otra cosa inesperada que guía la acción en una dirección nueva; pero de pronto sucede otro hecho que parece anodino y resulta muy relevante... y así todo el cuento. Esto te obliga a leer con mucha atención porque "no sabes por dónde va a saltar la liebre", pero en realidad, una vez terminado el cuento, te das cuenta de que no es necesario que salte ninguna liebre, porque la narración no avanza por una línea plana, sino que se desarrolla en planos diversos, ahondando y permitiendo posibles y diversos significados. Y es como si la narración fuera igual que la vida, avanzando de manera aleatoria, acaso incomprensible, en una dirección o en otra, no rectilínea hacia un objetivo claro, pero sí dando pinceladas, unas sobre otras, y significado a nuestra vida. ¿No os parece?
En este cuento, además, hay varios momentos maravillosos: sin duda el baile de Gabriel con la señorita Ivors, donde sucede esa conversación tan filosa que corta al pobre hombre al tiempo que lo deja nocaut; también la cena con el discursito de Gabriel, sí; pero, sobre todo, el momento en el hotel y la conversación con su mujer es, sencillamente, deslumbrante. Todo lo que ocurre en la habitación de hotel mientras afuera nieva: la expectativa de Gabriel, el recuerdo de Gretta (despertado por la canción durante la cena) y de pronto la presencia de un muerto, imbatible (porque ya está muerto) e incomparable. Es impresionante.
No quiero contaros más, disfrutad de la lectura de esta semana, es puro gozo.
 
Espero que hayáis disfrutado de este libro y de sus quince cuentos.
No olvidéis que la próxima semana comienza una nueva y entretenida lectura: Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Os leo en los comentarios.
Saludos cordiales, 
Pep Bruno