Junio, julio y agosto
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Espero que estéis muy bien en nuestra islita, Hidra. Continuamos la estancia con la familia formada por George y Charmain, y... ya han pasado otros tres meses: junio, julio y agosto.
En estos tres capítulos largos, continuamos disfrutando de la bellísima forma de narrar de Charmain Clift, me atrevo a calificarla de prosa poética con sutiles tintes de humor:
“El verano ya está aquí. El cielo parece cada día más alto, más plano, más pálido. Las montañas ya han perdido su suave pelusa de verde primaveral y relucen a mediodía como chapadas en bronce. En los acantilados, las casas de piedra se funden con la roca y las blancas brillan tanto que su blancura se vuelve intolerable. (...). Las casas más altas parecen brincar en una repentina vehemencia de blancura, pero en las laderas más bajas siguen siendo nacaradas, suaves, todas amontonadas como grandes tacos de malvavisco que no acaban de cuajar. La calleja que discurre por debajo de mí parece un río de opalescencia.”
“Por irónico que parezca, las cosas que las antiguas familias se vieron obligadas a vender están volviendo a la isla poco a poco: arcones venecianos, sillas con respaldo de barrotes horizontales, sofás de madera tallada, platos con motivos de sauces y todo eso. Al menos cuatro casas se han vendido en el último año a atenienses adinerados y ahora se están restaurando. ¡Todo es auténtico!”
No obstante, pese a la sensación exultante de alegría por vivir en una isla bajo el sol, bañada por un mar esmeralda, Charmian Clift no deja de analizar, crítica, observadora y realista, todo lo que no va como debe en Hidra, incluso corriendo el riesgo de desacralizar la vida en la isla:
“la basura municipal, que se vierte al mar cerca de la ciudad, baja arrastrada por la corriente y queda capturada dentro de la red. A menudo nadamos, si es que podemos hacerlo, entre cáscaras de melón en descomposición, tomates podridos, colillas, papel rasgado de origen demasiado obvio y objetos de goma de dudosa procedencia. Los días de matanza, el lugar se convierte en un horror, pues los intestinos y despojos de las cabras, ovejas y toros sacrificados también van a parar a la red y durante días penden allí pudriéndose en obscenas guirnaldas.”
“Este pequeño y precioso puerto va a sufrir el destino de tantos pequeños y preciosos puertos mediterráneos descubiertos por los creativos pobres. (...)
Después de los artistas viene la gente con tiempo libre, dinero y gusto suficiente para que les hagan gracia los artistas, y la gente con grandes yates y grandes cuentas bancarias que elevan tanto el coste de la vida que los pobres artistas se ven obligados a marcharse y descubrir otro pequeño puerto. Estamos viendo como la isla se está volviendo chic. “
Están instalados. El bebote está precioso. Los niños crecen libres y salvajes. Los lugareños los quieren, los cuidan. Pero su día a día no está exento de incomodidades: los gatos destrozan el limonero, los niños esquilman el ciruelo, las vecinas no dejan de entrar y salir, hay mucho ruido, no hay desagües, y los derechos de autor son escasos, ínfimos. Tal vez, si tuviesen algo de dinero fijo, cierta estabilidad económica, todo ello (el calor, el polvo, la luz que hiere, los expatriados como ellos que ahora se les antojan frívolos, la EOKA...) se sobrellevaría mejor:
“¿Qué es este grito de protesta, rabia e incredulidad que brota de mi garganta? Pues es muy sencillo. Es solo que me he encontrado cara a cara con la cruda realidad de que quizás tengamos que seguir siendo pobres.
Podemos mantener la situación, defender el fuerte, proporcionar un hogar y comida, pero cuánto esfuerzo ha costado ya incluso eso, y cuánto va a costar todavía, y solo para mantener las cosas, y tal vez... ¡sí, hay que afrontar la perturbadora posibilidad de que quizá... ¡ya no habrá más! Dios mío, ¡qué gran diferencia hay, a fin de cuentas, entre vivir con sencillez porque una elige hacerlo y vivir con sencillez porque te ves obligada a hacerlo!”
“no me había dado cuenta de hasta qué punto son horribles estas prendas, ni de hasta qué punto debemos estar horribles todos.”
George no puede más, porque “tiene que mantener a cuatro personas”, amén de los grandes trabajos que la casa grande y ruinosa precisa; ella se ve relegada al espacio doméstico, al cuidado diario de cada detalle, pese a que cuenta con una pequeña ayuda, pero la responsabilidad es suya (qué lejos le quedan la habitación propia y el dinero propio, qué lejos está de lograr esa habitación propia, más, mucho más que a su esposo, que la reclama):
“Un ama de casa es un ama de casa dondequiera que esté, en la ciudad más grande del mundo o en una pequeña isla griega. No hay escapatoria. Debe moverse siempre según el número decimal periódico de sus ritos.”
Siguen maravillándome las historias particulares de la comunidad de la isla: Jacques y sus líos amorosos; la señora Knip, la madre de Katharine, y sus intentos de adoctrinamiento hacia la civilización; la propia Katharine y su marido, impostando un modo de vida auténticamente tradicional “griego”; Viernes, la joven morena que borda un ajuar interminable esperando, cual Penélope, a su Ulises... el borrachín y pendenciero Fiódor y esos artistas llenos de fe en sus talentos...
“Para lograr cualquier cosa es obvio que no basta con tener talento. Se necesita un motivo, un objetivo, un incentivo, un interés abrumador, ya los proporcionen la ambición, el miedo, la curiosidad o solo la necesidad de llenarse la panza. Necesitas una estrella que te guíe, una causa, un credo, una idea, un apego apasionado. Algo debe atraerte o no harás nada; algo sobre lo que no te haces preguntas.”
Creo que es de justicia poner de relieve el trabajo realizado por la traductora Patricia Antón: nunca sabremos a ciencia cierta cuánto de la belleza que admiramos en “Los buscadores de loto” nos llega intacta gracias a su traducción. Deduzco que mucha.
¿Conversamos?