Hasta el capítulo 8 "Hacedor de lluvias", incluido
Hola, amigas, amigos:
No es la primera vez que Virginia Mendoza lo explicita en La sed, pero en uno de los capítulos que esta semana comentamos, lo escribe con rotundidad:
“lo que me había propuesto contar en este libro: que la sequía que ahora nos aterra siempre estuvo aquí con nosotros, y que nunca acabó con el mundo ni con la humanidad. Pero sí hizo colapsar civilizaciones en las que se construyeron muros, en las que se llevó a cabo una gestión injusta del agua y en la que unos pocos acaparadores expusieron a las clases populares al hambre. Resistieron quienes se adaptaron a los cambios de su entorno y lo hicieron los que dijeron aquellas primeras palabras: tú, yo, nosotros, vosotros, dar, fluir. (...) Solo recuperando la cohesión social y alimentando la conciencia de especie podremos salir adelante o, como mínimo, amortiguar a los que vendrán un golpe que ya parece inevitable”.
La segunda parte trata de controlar la lluvia; Mendoza hace un recorrido histórico, geográfico, cultural y social, por los ritos, los mitos y las religiones, por las rogativas para pedir lluvias, por los sacrificios (bóvidos, ranas, humanos), por las dádivas que se ofrecen a santas y a monjas para evitar inundaciones o la lluvia en días especiales, como las bodas (acordaos de Las Clarisas, y las docenas de huevos).
La vinculación que realiza entre las canciones y letanías (conectados con los rezos y las plegarias) a vírgenes locales, como la famosísima Virgen de la Cueva de Asturias y otras tantas más a las que no conocía (siempre me llamó la atención la cantidad de niñas que se llaman Montaña en Extremadura, pero, por ejemplo, en Salamanca la patrona es la Virgen de la Vega y parece que este patronímico no me resulta tan extraño... cosas de la costumbre), o a santos, como el magnífico San Isidro Labrador (me parece una historia fascinante).
“Las rogativas son el equivalente cristiano a las danzas de la lluvia y otros ritos propiciatorios que han existido en todo el mundo y que perduran en algunos lugares tan dispares como México Rumanía y algunas partes de África”.
“La conexión entre la sed y la muerte a través de mitos y creencias religiosas se ha dado en lugares tan distantes que tal vez sea universal. Sed viene del latín sitis. Un lingüista checo, Julios Pokorny, encontró palabras como muerte y destrucción cuando buscó su origen etimológico”.
Me ha gustado mucho la reflexión que hace Virginia Mendoza sobre los rezos, las plegarias y las rogativas, tan presentes y tan arraigadas en las tradiciones de nuestros pueblos, las festividades, las romerías, las promesas a los santos y a las santas:
“Mi abuela rezando por todos nosotros es más que una experiencia religiosa; es una anciana dedicando su tiempo a cuidar a los otros sin tocarlos”.
“Religión viene de religares, que es reunir. La rogativa es una forma de compartir el miedo y conjurarlo tan válida como cualquier otra danza de la lluvia”.
En estos tres capítulos, Mendoza pone luz a tanto... nos descubre tanto, que a mí se me escapan muchos detalles, como el agua entre las manos. Hay que releer.
Una de las características valiosas de La sed es cómo indaga la autora en la etimología. Como buena antropóloga. Esto del petricor...
“Icor se unió a petros (piedra) y dio lugar al término petricor, que nos permite nombrar el olor que deja la lluvia sobre la tierra seca. Lo acuñaron, a mediados del siglo XX, unos geólogos australianos tras estudiar cómo surgía gracias a la geosmina (aroma de la tierra).”
“El petricor es quizá uno de los olores que con más adeptos cuenta, y la ciencia tiene una explicación. Nuestros antepasados que sufrieron sequías catastróficas, lo asociaban con la vida misma y la supervivencia. Fue para ellos, y sigue siéndolo para nosotros, la señal de que la vida sigue, a pesar de todo”.
Por último, volver a destacar cómo trata Virginia esas páginas de su biografía, esa memoria que hibrida con el ensayo. La imagen de ese muchacho que parte y esa muchacha que no le da un beso... y el reencuentro, entre las olivas, con una liebre de por medio...
Por último, hasta que comencemos la conversación, quiero destacar el rito de “Atar los cuernos al diablo” que Mendoza repetía año tras año, sin saber que era para evitar que el diablo malograse la cosecha, así como la merienda posterior, una especie de torta dulce con un huevo duro, al que su abuela agregaba chorizo y que llaman hornazo. Soy salmantina, y esto me llama mucho la atención, porque por aquí también tenemos hornazo y salimos a comerlo el Lunes de Aguas. Pero, que yo sepa, tiene otro origen bien distinto...
¿Conversamos?