El Buscón, II
Hola a todas y todos, para esta semana os propongo leer otras 50 páginas del libro, es decir, desde el capítulo VI de la primera parte, "De las crueldades de la ama, y de las travesuras que yo hice", al capítulo IV de la segunda parte, "Del hospedaje de mi tío, y visitas, la cobranza de mi hacienda y vuelta a la corte", ambos incluidos. Es decir, de las páginas 149 a la 205 (en mi edición).
Vamos al lío.
ESTA SEMANA
Hay un giro importante en estas páginas y es el cambio en el protagonista. Este pasa de una situación pasiva a una actitud activa, es decir, deja de ser alguien a quien no dejan de sucederle cosas (que vienen de fuera, del contexto, de otros) y es él quien empieza a provocar las cosas que suceden en la historia: a partir de ahora es parte activa de lo que sucede (y, por ende, le sucede). Los palos, las hambres, los abusos... han sido su escuela, y decide mostrarse como un alumno aplicado como veremos en las siguientes páginas.
En contraposición a lo que comentábamos la pasada semana, con esta actitud el protagonista gana "cuerpo", adquiere un cierto espesor: le vemos actuar y, al mismo tiempo, sabemos los motivos por los que hace lo que hace y conocemos, en algún punto, su manera de pensar. Aunque sea de una manera limitada, el personaje crece.
Esta evolución implica que Pablos también ha de despegarse de don Diego, el señor a quien sirve, que pasa de ser compañero de desdichas a víctima (o, al menos una de ellas) de las triquiñuelas y trampas del Buscón. De hecho, según va creciendo el protagonista menos necesaria es la compañía de don Diego y en pocas páginas pasa a ser parte de la historia (pasada).
En estos capítulos el lenguaje sigue sumando a la hora de contar la historia y disparar la risa, pero también las acciones, protagonizadas por Pablos, adquieren otra perspectiva (y con ella una dimensión más dialógica, más reflexiva, aunque sea mínimamente).
El capítulo con el que comenzamos la lectura nos muestra ya a un Pablos virado, ya en esta línea (un capítulo magnífico por las burlas y enredos, la verdad). Aunque es en el capítulo VII en el que se produce la separación completa del protagonista de todo lo vivido hasta ahora: separación de don Diego, muerte de los padres... Por cierto, es increíble que resulte tan hilarante lo relativo a la muerte del padre, ajusticiado por el tío de Pablos, es decir, familiar del cuñado del reo.
En el Libro Segundo nos encontramos con pasajes ya algo más diferenciados de lo leído.
Así, en la parte del viaje, podemos ver que el protagonista se convierte en observador (de una sociedad que parece enloquecida), como veíamos en la segunda parte del Quijote (donde sólo él parecía cuerdo): locos, arbitristas, poetas, soldados, ermitaños, viajantes... acompañan a Pablos en su camino. Una imagen distorsionada, exagerada, de la España del momento para provocar la hilaridad del lector contemporáneo.
Pero es que en la llegada a la casa de su tío nos encontramos con la guinda del viaje, donde un grotesco grupo de personajes se reúnen para comer (o más bien, beber) como si fueran preludios de los astracanes valleinclanescos.
¿Qué os parece la lectura de estos días?
Pasad una buena semana,
saludos cordiales,
Pep Bruno