Desde el capítulo 11, al 15, incluido

Libro que estamos comentando
Rinoceronte. Alberto Durero, 1515.

“Y ya en esta distancia se podía distinguir bien el único cuerno del unicornio que no era como yo me lo había esperado ni como fray Jordi, que atrás quedaba, me lo había descrito, esto es, muy largo y blanco y retorcido y afilado, sino más bien corto y recio, de la forma del miembro del hombre, un poco curvo hacia arriba. Y no lo llevaba el unicornio en la frente sino en medio del hocico, como dijeran los tongaya.”

Queridas viajeras, queridos viajeros:

Continuamos el viaje con Juan de Olid tras el unicornio. En los capítulos para comentar esta semana (desde el 11 al 15, incluido), las penalidades, el exotismo, las cosas y animales dignos de verse no dejan de sucederse. Me gustan, especialmente, las descripciones que tienen que ver con esos animales tan distintos a los que esos hombres castellanos no estaban acostumbrados y, para ellos, eran motivo de maravilla. Aunque ese maravillarse no les impedía cazarlos, cortarles las melenas magníficas, comérselos... en fin, son una hueste de hombres medievales  que, en medio de tierras ásperas, en medio de tierras fecundas de fronda y fauna, en medio de tribus compuestas por hombres y mujeres que comparten su vida en la naturaleza, de manera natural, no saben bien cómo comportarse. Y lo hacen, en la mayoría de las ocasiones, como se les suponía a los hombres blancos cristianos, desde una mirada de superioridad, desde una posición superior.

Es, por ejemplo, muy llamativo cómo la vida de los nativos les importa poco o casi nada, tan solo la tienen en cuenta en relación con sus propios apetitos y necesidades: relaciones sexuales con las mujeres, alimentos, comodidades, casas... Cierto es que, a cambio, suelen poner sus ballestas al servicio de su defensa en las múltiples batallas y crueles rencillas entre reyes de las distintas tribus, pero todo ello lo hacen desde el punto más oportunista y ventajista que podamos imaginar. Es verdad que los reyes y los miembros de las tribus hacen lo propio, pero a fin de cuentas estamos en una época áspera, bárbara, en la que la supervivencia propia y del modo de vivir, son las metas más importantes.

El caso de Inesilla me ha parecido extremadamente cruel. ¿Quién no entendería a la pobre muchacha, harta ya de tanto viaje y penar tras un animal huidizo, legendario? También lo que sucede con Gela y el hijo de Juan de Olid, al que éste rechaza, abandona. En su mundo, ese al que espera regresar, tener un hijo con una negra de África es algo impensable, inaudito, inapropiado. Bueno, tenerlo no, sino educarlo, criarlo, darle apellido. Aunque hubiese sido muy feliz con Gela, tanto que en numerosas ocasiones se había olvidado de doña Josefina de Horcajadas.

Pero..., ¿qué será de la vida de estos hombres si es que acaso pueden volver? (Al menos, sabemos que Juan de Olid llegó a edad provecta, ya que es él quien escribe sus memorias viajeras). ¿Qué habrá sido de sus hijos, de sus mujeres, de sus familias, de lo que dejaron atrás? Ha pasado mucho tiempo. Han pasado años. ¿Se acordará el rey Enrique de Castilla que envió a unos cuantos hombres tras una criatura quimérica?

Y, ¿qué os ha parecido el “encuentro” entre Juan de Olid, la muchacha negra y el “unicornio”? Toda la secuencia sería motivo de risa si no fuese por el desenlace. Olid acaba de perder un brazo y, ella, la vida. Y, aún así, nos dice Juan de Olid al final del capítulo:

“(...) y aunque quedé manco y sin carnes y sin fuerzas, no morí y seguí viviendo para poder contarlo y no sé si hubiera sido más dichoso muriendo luego.”

Os dejo por aquí este artículo sobre “La fabulosa historia del mito del origen del unicornio (y por qué sigue causando fascinación

¿Qué os ha llamado más la atención de estos capítulos? ¿Qué os está pareciendo la novela?

¿Nos leemos?