Hasta el final de "El viaje de mi padre"
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Llegamos al final del libro de Julio Llamazares. Durante diciembre hemos acompañado al autor en su viaje tras las huellas de su padre, a través de los escenarios donde se produjeron algunas de las batallas más cruentas (Teruel, Sierra de Espadán en Castellón), visitamos zonas rurales de la llamada España vaciada; algunas de ellas quedaron heridas de muerte tras el conflicto... y ciudades y pueblos animados y radiantes, lugares llenos de gente, de turismo masificado, donde nos es difícil imaginar que hace apenas ochenta años vivieron tanta muerte y destrucción.
Esa incredulidad al pasear por las calles y los paisajes en paz, la muestra una y otra vez Llamazares. Es una incredulidad gustosa, donde el autor se pregunta cuándo nos daremos cuenta de que el estado ideal del ser humano es la paz.
En estos últimos capítulos destaca el descubrimiento del mar por parte de los dos jóvenes amigos... lo descubrieron en un paisaje bélico, así que no debió de ser un momento plácido, por mucho que Saturnino lo recordase, décadas después, como un momento luminoso... ¿hasta dónde nos puede engañar la memoria? ¿Cómo reescribimos nuestra vida, para dotarla de sentido?
El viaje de Llamazares es un viaje compasivo, un viaje de entendimiento, de reconciliación y de encuentro con su padre, al que no escuchó lo suficiente (o no quiso escucharlo o, tal vez, fue su propio padre el que no quiso contar según qué, por lo doloroso... Recordemos que al menos en una ocasión, Llamazares le propuso hacer el viaje juntos y el padre no quiso volver).
Me parece muy emotiva la visita al cementerio, en el que cierra el círculo nuestro autor, y muy bajito, le cuenta a su padre qué le pareció el viaje, qué le pareció todo lo que vio... como él, como su padre, “Fui y volví”.
Contadme, contadnos, si gustáis, qué os ha parecido este libro, este viaje...