Desde el capítulo X hasta el final del libro
“Ayer, antes de ayer, el día anterior a antes de ayer...eran medidas que no correspondían con el tiempo de Mr. Silvera, ni con el mío cuando estaba con él. Su tiempo, le expliqué, era infinitamente más extenso, esos dos días habían sido en realidad años, como en el juego que creí haberme inventado. Él mismo por lo demás me había dicho desde el principio que el tiempo para él no contaba. Era inmaterial, dijo y repitió. Y ayer mismo me lo repitió en versos, aunque en broma. O por simple galantería (...)”
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Finaliza nuestra estancia en Venecia con una imagen bella, impregnada de una tristeza suave, impuesta por la fatalidad de la leyenda maldita que condena a errar, eternamente, al judío.. el último fotograma de lo que podría ser la película de aquel mistery man errabundo con la hermosa princesa con el corazón roto, de la shikse que “habría querido, si hubiera podido, caminar con él hasta el día del juicio final”.
Estamos ante una desobediencia del mandato divino: Mr. Silvera nunca debió abandonar su puesto de trabajo, su destino, su condena, es vagar eternamente, pero se rebeló. Quiso parar. Quedarse. Vivir una tregua. Y allí, en esa Venecia que ha visitado una y otra y otra vez a lo largo de los siglos, conoce a la mujer romana, anticuaria, excepcionalmente culta e inteligente que se enamora de él. ¿Cómo no enamorarse? ¿Cómo no quedar cautivada ante un hombre que, con apariencia de don nadie, es verdaderamente alguien, un hombre del mundo? Que habla todas las lenguas, que recita a Shakespeare, a Byron... que sabe lo que ha pasado porque lo ha vivido en primera persona, que reconoce al protagonista de un cuadro porque se relacionó con él en el siglo XVI. No hay inteligencia, cultura ni educación que pueda resistirse a algo así.
A medida que escribo este texto, pienso en la impresión que Mr. Silvera, o mejor dicho, la historia de la princesa del corazón roto y su judío zapatero, ha dejado en los demás: en Cósima, alterada, volada, casi embrujada; en Raimondo, que se debate entre la incredulidad y el asombro; en Oreste Nava, que sabio como es él también, ha atisbado la aventura, el peligro, la emoción de ese amor intenso, efímero y acaso, eterno...
A mí me ha cautivado, especialmente, cuando ella se imagina a David en otros siglos, o los momentos retrospectivos que le asaltan a él en el carguero, cuando abandona Venecia. Esa suerte de flashback cinematográficos.
Tendríamos, tal vez, mucho que comentar o, quizás, debamos asimilar que él se marche y no vuelva, jamás, a cruzarse con ella, aunque regrese a Venecia, o pasee por Roma, algo (¿la divinidad?) impedirá que se vean, que se reconozcan... aunque coincidan en el mismo vuelo.
¿Qué sensación os ha dejado la historia?
¿Conversamos?
“y abajo la pantalla, look, look, sucesión de vaporetti, calles y plazuelas y cuerpos desnudos y abrazados, tres días en Venecia, pasión en la laguna, un amor imposible: nuestra película”.
- La tempestad, de Giorgone
- Los Fugger, los banqueros de Carlos V
- El Judío Errante, Eugenio Sue
- La leyenda de El Judío Errante (literatura, películas, etc.) Wikipedia
(Fotografía Rialto: CC BY-SA 3.0)