Hasta el final de la obra
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Finalizamos la lectura de Una casa portuguesa, de Ximena Maier. Espero que esta obra haya constituido una dulce vuelta a la rutina, desde ese lugar feliz que es la quintinha.
En los capítulos finales seguimos descubriendo detalles y aspectos asombrosos de la vida cotidiana de Ximena y su familia, donde predominan los imprevistos, las sorpresas, la observación de lo pequeño y hermoso de la cotidianeidad, charlas con vecinos y conocidos, estancias de amigos... el mundo de Ximena, como escribe ella misma en la página final, ya es otro.
A lo largo de la obra, Ximena nos ha ido dando muchas pistas de su personalidad, de su carácter y su forma de encarar el día a día. No dulcifica la vida de la quintinha, no la romantiza, no nos vende las reformas de la casa, de su taller... como algo maravilloso que ha afrontado con sus propias manos (lo dice al principio, lo ha hecho contratando a operarios, endeudándose), todo lo dice pero tal sentido del humor que no es una sucesión de lamentos sino que nos hace esbozar más de una sonrisa. Hay una anécdota que encabeza el capítulo Un porche con vistas de cinco estrellas que creo que sintetiza muy bien quién es y cómo es Ximena:
Si tuviera que señalar un momento de mi infancia (tenía seis años) que me marcó y determinó el resto de mi vida (...) creo que sería el día que mi madre me pregunto si prefería ir al cumpleaños de un niño al que yo no conocía, o quedarme en casa con su regalo: un álbum ilustrado, Los animales de la pradera americana.
(...) El dilema menos difícil de mi vida. Todavía tengo ese libro, y volvería a elegirlo.
¿Conversamos?