4ª parte. Hasta el final.

Libro que estamos comentando
Octógono Ca' Roman, en Venecia.

El desenlace de “Un mar de problemas” tiene lugar en un lugar muy especial de la laguna veneciana, aunque para quienes no conocen su existencia y su historia les sorprenderá la descripción del lugar donde encallan Brunetti, su piloto Bonsuan y, previamente, la signorina Elettra con Carlo Targhetta y su tío Vittorio. Paredes de hormigón, escaleras que bajan a habitaciones húmedas y pasillos resbaladizos sorprenden si no se es consciente de que el espacio donde naufragan los dos barcos es una fortaleza abandonada en medio de la laguna. 

El Octógono Ca' Roman es una isla en la laguna veneciana, cerca del pueblo de Pellestrina, construida para proteger la laguna de los barcos enemigos. Al parecer, tiene un origen romano y fue modificado por los austriacos y utilizado como fortaleza hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Una plataforma circular de hormigón armado emerge en la isla, hogar de la artillería. En la actualidad, la isla se encuentra en estado de abandono y degradación, como se desprende de los hechos que ocurren en la novela. https://es.visititaly.com/info/962453-ottagono-ca-roman-venice.aspx

También puede sorprender la virulencia de la tormenta en la que se ven involucradas las dos embarcaciones en las que navegan nuestros protagonistas. El fenómeno lo llaman “bora” Bonsuan y los pescadores con mucho respeto. Es una especie de ciclón estacional que sucede en el mar Mediterráneo, especialmente en la costa oriental del Adriáticohttps://es.wikipedia.org/wiki/Bora_(viento)

¿Qué pretendían saliendo a navegar con esas previsiones de tormenta? ¿Realmente salió a pescar Elettra con Carlo y su tío? No lo creemos así, de la misma forma que no lo creyó Brunetti. Él pensó que ese día el destino de su compañera iba a ser el mismo que el de los tres cuerpos asesinados recientemente y aparecidos en las aguas de la laguna. Conocía los antecedentes de Carlo y su vinculación con las prácticas mafiosas de sus vecinos pescadores. Sabía que había abandonado la Guardia di Finanza acusado de mirar para otro lado cuando su tío Vittorio Spaldini fue declarado culpable de defraudar a Hacienda al no declarar la totalidad de sus ganancias con la pesca de almejas y otros bivalvos. “Ese hijo de puta de Spadino pesca millones cada día y no paga ni una lira de  impuestos”, había dicho una voz anónima en el teléfono secreto de denuncias que se había creado al efecto.

La policía no había relacionado todavía al tío de Carlo con el pescador al que se le había embargado su embarcación por sus deudas fiscales, es decir, que no sabía que zio Vittorio era en realidad Vittorio Spadini. 

Seguramente Brunetti no iba tan descaminado. Spadini sabía que Elettra era miembro de la policía y que sus compañeros, que llevaban muchos días haciendo preguntas por Pellestrina, estaban a punto de detenerlo. Por eso, en el fragor de la tormenta, Spadini intentó acabar con la vida de Elettra, para que no descubriera que él había sido el asesino de los Bottin y de la signora Follini. Solo la intervención repentina de Carlo evitó que su tío acuchillase a su novia. Así, en un par de páginas, se resuelve el misterio de las muertes de Giulio y Marco Bottin. Puede parecer una resolución casual o afortunada, pero los crímenes, en una sociedad tan hermética como la de los pescadores de los pueblos que rodean Venecia, pueden mantenerse en secreto para siempre. Únicamente la indiscreción de un borracho puede ofrecer pistas fiables de lo que sucede en el puerto de Pellestrina.

Lo que había comenzado en sus primeros capítulos como una novela negra, con los asesinatos y la policía iniciando las investigaciones para resolverlos, se había convertido en una novela costumbrista. Se había mantenido el hilo argumental, pero la tensión dramática había decaído hasta el punto de que la autora había introducido los celos en la familia de Brunetti para animar algo la intriga.