ÚLTIMA SEMANA CON MIEDO TORERO
Llegamos al final de la lectura de “Tengo miedo torero”, con pena porque haya terminado tan pronto. La novela de Pedro Lemebel nos ha llevado hasta el borde de la dictadura, pero también hasta el borde de la intimidad, y allí encontramos la misma frontera: entre lo que se dice y lo que se calla, entre lo que se vive y lo que se cuenta.
La Loca del Frente nos deja con la certeza de que nunca estuvo sola, a pesar de sentirse en el centro de un mundo que la quería invisible. Su cuerpo, su voz, su manera de amar, fueron territorio de resistencia, y Lemebel los convierte en monumento informal a quienes la dictadura nunca supo nombrar. El libro cierra no con una derrota, sino con una tensión suspendida: el atentado, la conspiración, el amor imposible, la historia que se escapa por los bordes del relato y se queda flotando en la imaginación de la lectora. La escena de Valparaíso, con el mantel bordado de pájaros y angelitos, es magistral y nos hace descubrir los verdaderos sentimientos de nuestros protagonistas.
Carlos y la Loca comparten un desenlace que se siente inevitable, pero también necesario: como si el amor y la revolución, aunque se rompan en el intento, se necesitaran para seguir existiendo en la memoria. Lo que se derrumba no es la esperanza, sino la ilusión de que el poder y la intimidad puedan convivir sin heridas. La historia que comenzó como una crónica clandestina se convierte, al final, en un manual de resistencia: de la caricia, de la mirada, de la palabra que se atreve a decir su nombre.
En “Como vacas sin cencerro” hemos leído este libro despacito, palabra a palabra, tratando de escuchar todos esos mensajes que Lemebel transforma en párrafos. Hemos visto la ciudad de Santiago como un personaje más: la misma que acecha y protege, que castiga y que alimenta, que olvida y que recuerda. La Loca habitaba ese espacio vulnerable entre la calle y el palacio, entre el miedo y la belleza, y nos ha enseñado que ahí, exactamente ahí, es donde nace el valor más auténtico posible en un régimen que buscaba borrar su tipo de vida.
Al cerrar el libro, nos queda la sensación de haber acompañado a alguien que nunca se rindió, aunque nunca ganara del todo. La Loca del Frente no triunfa en el sentido clásico, pero gana en dignidad, en lucidez, en humor, y esa es la victoria más verdadera posible en un régimen que buscaba aplastar su tipo de vida. Lemebel, con su prosa barroca, nos ha obligado a mirar de frente aquello que la dictadura quiso silenciar: la diferencia, el deseo, la fragilidad como forma de guerra. Eliminar la diversidad era el objetivo del dictador, porque: “los desviados son iguales que los comunistas, una verdadera plaga, donde hay uno… ligerito convence a otro”. Por ello la Loca del Frente es un ejemplo maravilloso de resistencia ante un ambiente opresor y asfixiante.
Que este final no sea un cierre, sino un punto de partida: para seguir leyendo, para seguir hablando de lo que el poder intenta silenciar, para seguir preguntándonos dónde está hoy la Loca del Frente, disfrazada de vecina, de compañera, de amiga, de desconocida en el metro. En “Como vacas sin cencerro” hemos transitado con ella Chile, la historia, el cuerpo, el amor y la política, y ahora, cuando el libro deja de temblar entre las manos, sabemos que su eco sigue vivo.
Os dejo dos vídeos cortos sobre unas películas que me parecen estupendas, uno es la adaptación al cine del libro que estamos leyendo y la otra trata un asunto parecido pero en España y un poco antes de la guerra civil. Espero que os gusten.
Pasad buena semana.