ACABANDO PANZA DE BURRO
En esta última semana de lectura de Panza de burro llegamos a un tramo final en el que el relato parece condensar, con más fuerza si cabe, muchas de las tensiones que han ido atravesando la historia desde el comienzo. La lectura avanza hacia un cierre que no ofrece consuelo fácil, sino una especie de revelación amarga. La infancia, lejos de resolverse en una forma inocente, queda marcada por todo aquello que la ha ido modelando en silencio. Lo vivido por la narradora y por Isora adquiere ahora una resonancia más honda, como si cada gesto, cada desprecio y cada acercamiento hubiese estado preparando este final desde mucho antes.
La escena del güeco oscuro en el risco, y lo que sucede entre Ayoze y la narradora es escalofriante. Recuerda a un fragmento de “Las amistades peligrosas”, pero mucho más nauseabundo. Este acontecimiento cambia la relación entre Isora y la narradora radicalmente, la violencia engendra más violencia, y el odio se entrelaza con el amor.
El vínculo que las une sigue siendo tan poderoso como ambiguo, y en estas páginas se percibe con claridad que la admiración, la dependencia, la rivalidad y el deseo de pertenecer a la otra nunca llegaron a separarse del todo. Esa mezcla de atracción y distancia, de ternura y daño, define buena parte de la experiencia emocional de la novela. En este tramo final, Andrea Abreu consigue que esa relación resulte todavía más compleja, más difícil de ordenar desde fuera, porque está hecha precisamente de contradicciones, de silencios y de una necesidad mutua que no siempre sabe decirse con palabras.
También el entorno continúa ejerciendo su peso sobre la narración. La “panza de burro” parece ya no solo un fenómeno atmosférico, sino una forma de estar en el mundo: una capa espesa que lo cubre todo y que convierte la experiencia cotidiana en algo denso, repetitivo y a veces asfixiante. El paisaje, las casas, la calle, las alturas y los espacios compartidos siguen funcionando como prolongación de lo que sienten las niñas, de sus deseos, sus enfados y sus frustraciones. En esta última parte, esa unión entre clima y emoción se percibe con especial intensidad, como si el cielo bajo de la novela terminara por cerrarse también sobre las protagonistas.
Las figuras adultas hay dureza, cansancio, resignación, pero también una forma de supervivencia que las niñas observan sin comprender del todo y que, sin embargo, van incorporando a su manera de mirar. La novela deja ver con mucha precisión cómo se transmiten los modelos afectivos y vitales, no tanto a través de grandes discursos como por medio de gestos, silencios, órdenes, violencias pequeñas y costumbres asumidas como normales. En este sentido, el final de la obra no borra esa huella, sino que la hace todavía más visible: crecer es también aprender a convivir con esas marcas.
Uno de los grandes aciertos de Andrea Abreu sigue siendo, hasta la última página, la lengua con la que construye este mundo. La oralidad no funciona como adorno, sino como el verdadero pulso del texto. Esa manera de nombrar, de repetir, de exagerar, de acercar lo que se cuenta a la cadencia de la voz, da al relato una fuerza muy particular y lo vuelve inseparable de la experiencia de leerlo en voz interior. En estas páginas finales, ese lenguaje sigue sosteniendo la emoción y la mirada, y convierte incluso los momentos más sencillos en escenas cargadas de densidad y significado.
Para esta última semana, proponemos llegar hasta el final de la novela, dejando que el texto cierre sus ecos y sus imágenes con calma, sin apresurarse a reducir su potencia. La luminosidad final de un sol que todo lo calienta nos deja una sensación ambigua, de tristeza, pesimismo y esperanza.
Os animamos, como siempre, a compartir vuestras impresiones, a señalar aquellos fragmentos que os hayan emocionado o inquietado y a pensar en qué deja abierto este final. Porque “Panza de burro” no se limita a contar una historia: la hace vibrar, la llena de cuerpo y de habla, y nos obliga a mirar con atención aquello que a veces se queda fuera de los relatos más amables de la infancia.
Esta será la última lectura del “curso”, espero que nuestras lecturas sirvan para entretener y a la vez nos hagan pensar y reflexionar. En septiembre estaremos de vuelta con más libros, y espero contar con vosotrxs.
Feliz lectura y gracias por acompañarnos hasta aquí en este viaje compartido, disfrutad del verano y no dejéis de leer nunca.
Un cordial saludo.