Momo · Parte III (capítulos 17–26).: La batalla: El tiempo liberado
Una despedida con el corazón lleno
Querido club Leolo:
Llegamos hoy al final de nuestro viaje junto a Momo, y no queremos cerrarlo sin deteneros un momento, sin prisa, como ella misma nos habría pedido. Este último tramo del libro —el que va desde la amenaza de los Hombres de Gris hasta la Casa de Hora y el desenlace de toda la historia— es quizá el más hermoso y el más extraño de toda la novela, así que merece que lo recordemos juntos antes de despedirnos.
Lo que ocurre en estos últimos capítulos
Cuando los Hombres de Gris descubren que Momo ha conseguido llegar hasta la Casa del Maestro Hora, la novela cambia de ritmo. Todo se vuelve más urgente, casi irreal. Hasta ese momento habíamos asistido a la transformación progresiva de una ciudad y de sus habitantes; ahora la historia se concentra en un único lugar, como si todo lo que está en juego —la amistad, la infancia, la libertad, el tiempo mismo— hubiera terminado reuniéndose allí. Los Hombres de Gris rodean la casa: ya no quieren engañar a Momo ni convencerla de que se marche, quieren atraparla, y su amenaza resulta inquietante precisamente porque no necesitan violencia visible; su poder es frío, persistente, casi administrativo.
Para protegerla, y sobre todo para impedir que lleguen hasta las flores-hora, el Maestro Hora toma una decisión extrema: detiene el tiempo humano entero. De pronto todo queda suspendido —una gota de agua en el aire antes de caer, una llama detenida en mitad de su movimiento, una risa atrapada antes de convertirse en sonido—. Es una de las imágenes más hermosas y perturbadoras de la novela, porque detener el tiempo significa también contemplar aquello que normalmente se nos escapa. Momo, en cambio, puede seguir moviéndose, y no es casualidad: ella ha sido siempre un personaje profundamente unido al presente, capaz de escuchar, de esperar, de estar junto a alguien sin necesidad de llenar el silencio. En este mundo detenido no parece fuera de lugar; es casi como si el mundo se hubiera parado al ritmo que ella siempre ha sabido llevar. Pero la escena tiene también algo de sueño inquietante, porque Momo está completamente sola: todos a los que quiere están allí, delante de ella, inmóviles, sin poder verla ni responderle. Tendrá que avanzar por sí misma.
Es en la Casa de Hora donde Momo descubre plenamente la verdadera naturaleza del tiempo, y donde aparece la imagen simbólica más hermosa de todo el libro: las flores-hora. Cada una representa una hora de vida de un ser humano, y ninguna es igual a otra; todas florecen durante un instante y después mueren, del mismo modo que cada hora de nuestra vida es como una flor que solo puede abrirse una vez. Por eso resulta tan terrible lo que hacen los Hombres de Gris: no roban simples minutos, roban posibilidades de vida enteras —la conversación que alguien podría haber tenido con su hijo, el paseo sin ninguna finalidad concreta, la tarde de un anciano escuchando la lluvia, el juego de un niño— y las convierten en los cigarros de los que viven. La novela nos hace ver aquí algo incómodo: el tiempo perdido no siempre desaparece porque hagamos algo inútil; a veces lo perdemos precisamente cuando creemos estar haciendo algo importante, convencidos por los Hombres de Gris de que descansar, conversar sin finalidad o visitar a alguien porque lo queremos es "perder el tiempo". Y así aparece la paradoja terrible del libro: cuanto más intentan las personas ahorrar tiempo, menos tiempo sienten que tienen.
De ahí la fuerza de la frase del Maestro Hora: «El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.» Los Hombres de Gris conocen el tiempo como cantidad —pueden robarlo, contarlo, fumarlo—, pero jamás podrán conocerlo como experiencia. Momo, que no posee riquezas ni una vida cómoda, comprende en cambio algo que ellos nunca entenderán: que una vida verdaderamente vivida no se mide por la cantidad de cosas que conseguimos hacer, sino por la intensidad con que somos capaces de estar en ellas.
La batalla final es, por eso, muy distinta de lo que esperaríamos: no hay lucha física, ni espadas ni enfrentamientos espectaculares. Momo no vence a los Hombres de Gris por la fuerza, sino haciendo que dejen de tener aquello que necesitan para existir. Mientras tienen acceso al tiempo robado pueden seguir adelante, pero cuando las flores-hora dejan de alimentar sus cigarros, estos se consumen uno a uno y los Hombres de Gris comienzan a desaparecer. Ende evita convertir esto en una celebración triunfal: hay más alivio que victoria, como cuando una habitación cerrada durante demasiado tiempo vuelve a abrirse. Y la desaparición tiene una lógica simbólica muy potente, porque ellos nunca tuvieron un tiempo propio —ni infancia, ni familia, ni pasado ni futuro—; existían solo para extraer el tiempo de los demás, y por eso, cuando ese tiempo deja de llegar, no queda nada detrás de ellos.
Tampoco aquí opta Ende por una solución fácil: el mundo no se transforma mágicamente en un lugar perfecto, ni las personas recuerdan del todo lo sucedido. Sin embargo, algo ha cambiado dentro de ellas, una extrañeza parecida a la de quien despierta de un sueño; la prisa deja de sentirse tan natural, aunque nadie sepa explicar muy bien por qué. Y esa pequeña transformación es, precisamente, lo más importante: la novela no cierra el problema, sino que nos deja una pregunta abierta —¿para qué estoy utilizando mi tiempo?, ¿Quién decide cómo lo empleo?, ¿hago las cosas porque quiero o porque he aprendido que debo? —. Y nos advierte, además, que los Hombres de Gris pueden desaparecer, pero la tentación de volver a vivir con esa prisa sigue existiendo: el reloj sigue funcionando.
El lector termina el libro mirando de otro modo las cosas aparentemente insignificantes —una conversación que se alarga, un paseo sin destino, una tarde leyendo, un niño que juega—, reconociendo en ellas sus propias flores-hora. Momo no nos enseña a tener más tiempo, sino algo más difícil y valioso: a estar verdaderamente dentro del tiempo que ya tenemos.
Gracias por acompañar a Momo
Gracias por haber caminado junto a esta niña silenciosa y sabia, por haber prestado a estas páginas la misma atención que ella regala a quienes la rodean. Ojalá algo de Momo se quede con vosotros: un poco menos de prisa, un poco más de presencia en las pequeñas cosas. Con esta lectura despedimos, por ahora, este título de Leolo, aunque estamos seguros de que volveréis a él más de una vez.
Una nueva lectura nos espera
Y como toda buena despedida abre paso a un nuevo comienzo, os damos ya la bienvenida a la próxima lectura del club: El diario de Anne Frank, en su adaptación gráfica de Ari Folman y David Polonsky, que nos acompañará durante el mes de octubre.
Se trata de una obra muy distinta a Momo en su forma —el lenguaje del cómic frente a la novela— pero no tan distinta en el fondo: también aquí encontraremos a alguien que, en medio de la incertidumbre y el miedo, se aferra a la vida cotidiana, a la escritura, a la esperanza, con una lucidez que sobrecoge. Será una lectura más exigente y delicada, y por eso mismo, creemos, una de las más importantes que compartiremos juntos esta temporada.
Hasta entonces, gracias por seguir leyendo con nosotros.
Feliz semana de lecturas
Alejandro López