Momo · Parte II (capítulos 8–12)  El mundo que empieza a cambiar

Libro que estamos comentando
Momo y los hombres

¡Bienvenidos a una nueva sesión de Leolo, el domador de palabras!

Hola a todos y a todas. Una semana más nos encontramos aquí, alrededor de un libro y de las preguntas que nos deja. Que es, al fin y al cabo, para lo que existe un club de lectura.

Esta semana damos un paso más dentro de Momo. Y es un paso importante.

En la primera parte hemos conocido el mundo de Momo: el anfiteatro donde vive, sus amigos Beppo y Gigi, y sobre todo su don extraordinario, la capacidad de escuchar de una manera que transforma a quien habla con ella. Era un mundo luminoso, de barrio, de puertas abiertas y tiempo que fluye despacio.

La segunda parte comienza donde termina esa luz. Los Hombres de Gris han llegado a la ciudad, y lo que traen suena, curiosamente, muy razonable.

Momo · Parte II (capítulos 8–12)  El mundo que empieza a cambiar

Esta semana entramos en la parte más incómoda de Momo. Y la más necesaria.

Esta es la parte más incómoda del libro. Y la más necesaria. Los Hombres de Gris no llegan gritando ni rompiendo nada: llegan con argumentos. Van persuadiendo a cada habitante, uno por uno, de que debe "ahorrar tiempo": dejar de visitar a sus mayores, abandonar los pasatiempos, trabajar con más eficiencia. Lo hacen con una lógica tan impecable, tan amablemente razonable, que resulta casi imposible encontrar el momento exacto en que todo empieza a torcerse. Nadie firma nada. Nadie siente que ha perdido nada. Simplemente, un día, la ciudad ya no es la misma.

Y es que la transformación no ocurre de golpe. Ocurre como ocurren casi todas las pérdidas importantes: por acumulación de cosas pequeñas, cada una de ellas aparentemente sin importancia. Los barrios de artesanos cierran, uno tras otro, para dejar paso a bloques prefabricados más rentables. Los jardines con flores —esos que alguien regaba cada mañana con una especie de cariño silencioso— son sustituidos por plantas de plástico que no necesitan atención ni la merecen. Los niños van a guarderías eficientes donde se les mantiene ocupados y seguros, pero donde nadie los conoce de verdad. El barbero Franco, que antes era casi un confesor de barrio, ahora corta el pelo sin levantar la vista: escuchar es perder el tiempo, y perder el tiempo es, según le han explicado muy bien, una forma de fracasar. Los vecinos que antes se quedaban en los escalones charlando de nada —de cosas sin ninguna utilidad, de recuerdos y pequeñas quejas y risas— ahora cruzan la calle con la mirada en el suelo, con prisa hacia algún sitio que tampoco les hace especialmente felices.

La verdad es que lo que Ende describe en estos capítulos tiene hoy un nombre que en 1973 todavía no existía: aceleración social. Y lo describe con una precisión que duele un poco, porque el lector de hoy reconoce cada detalle. No como algo que le han contado. Como algo que ha vivido.

Gigi es el primero en caer, y su caída es la que más duele de ver. Los Hombres de Gris no le ofrecen algo que no quiera —eso sería demasiado fácil de rechazar—. Le ofrecen exactamente lo que siempre soñó: un público de verdad, reconocimiento, el éxito que su imaginación llevaba años mereciendo sin recibirlo. Solo le piden, a cambio, que cuente historias un poco distintas. Historias calculadas para entretener sin despertar nada, para mantener la atención ocupada sin que ocurra nada dentro de quien escucha. Una pequeña concesión, en apariencia. Gigi acepta. Y Ende muestra, con una ternura que casi duele, cómo el artista que cede al sistema no lo pierde todo de golpe sino despacio, concesión tras concesión, hasta que un día se sienta a inventar y descubre que ya no sabe cómo hacerlo solo. La imaginación es como un músculo: si deja de ejercitarse libremente, llega un momento en que simplemente no responde.

Beppo, en cambio, no tiene nada que los Hombres de Gris puedan ofrecerle. ¿Cómo se tienta a alguien que ya lo tiene todo en el presente inmediato de cada escoba? No se puede. Y entonces el sistema hace lo único que le queda: silenciarlo. Beppo acaba internado. Ende lanza aquí una observación que va mucho más allá del cuento: el sistema que describe no solo seduce, también elimina. La resistencia de Beppo no tiene nada de heroica ni de militante —es, simplemente, la resistencia de quien no necesita lo que le ofrecen—, y por eso es la más peligrosa. El que no desea nada es invulnerable al chantaje del deseo.

¿Conoces alguna situación en tu vida —o en la de alguien cercano— en que hayas aceptado una «pequeña concesión» que con el tiempo resultó ser algo más grande? ¿Cómo fue dándote cuenta?

Principales temas de Momo

Hoy toca hablar de lo que hay debajo de Momo. Porque esta novela parece un cuento de aventuras —y lo es—, pero esconde algo más. Algo que, si te paras a pensarlo, tiene mucho que ver con tu vida de cada día. Vamos con los grandes temas que Ende pone sobre la mesa.

El tiempo como bien vital es el eje de toda la novela, y Ende lo plantea desde el principio con una claridad que casi duele. La trampa de los Hombres de Gris no es una mentira burda: es una media verdad envuelta en lenguaje de sentido común. El tiempo es escaso, sí. Hay que aprovecharlo, sí. Pero Ende señala que eso no es lo mismo que poder ahorrarlo. El tiempo no funciona como el dinero, que guardas hoy para gastarlo mañana. Cada hora que no se vive plenamente no se deposita en ningún sitio: simplemente desaparece. Se va. Y no vuelve.

La paradoja que construye la novela es tan sencilla de enunciar como difícil de asumir: cuanto más intentamos controlar el tiempo, más lo desperdiciamos. Pensemos en esas tardes en que hemos estado tan ocupados que al final no hemos hecho nada que valiera la pena. Ende no señala con el dedo. Simplemente describe, y deja que el lector haga las cuentas.

La crítica al mundo moderno es la dimensión más política de la obra, y resulta casi desconcertante para ser un libro de 1973. Lo que hoy llamamos aceleración social o economía de la atención está ya en estas páginas, con nombres propios y rostros concretos. El barbero que deja de escuchar a sus clientes para atender el doble. Los niños en guarderías sin amor porque sus padres no tienen tiempo —y encima se sienten culpables por no tenerlo, que es el detalle más cruel—. Las ancianas que se apagan despacio en un silencio que nadie tiene tiempo de llenar.

Lo más inquietante no es que Ende lo anticipara. Es que, cincuenta años después, seguimos reconociéndonos en cada página.

La escucha como acto creador es quizás el tema más original de la novela. Normalmente entendemos escuchar como algo pasivo: escuchas cuando no hablas, cuando esperas tu turno. Ende le da la vuelta a eso completamente. Cuando Momo escucha, algo ocurre en quien habla: el albañil descubre que quería a su hija y no sabía cómo decírselo, los vecinos enfrentados encuentran que los dos tenían razón, los niños inventan juegos que ningún adulto les ha enseñado. No porque Momo haya dicho nada especial, sino porque ha dado al otro el espacio para ser, por un momento, exactamente quien es. En el mundo de los Hombres de Gris, donde nadie escucha porque nadie tiene tiempo, ese don es casi revolucionario.

Vivir el presente aparece personificado en Beppo Barrendero con una naturalidad que desarma. Ende podría haber puesto esta idea en boca de un filósofo o un maestro espiritual. En cambio, la pone en boca de un anciano barrendero que habla despacio y con pocas palabras, y cuando al fin dice algo, lo dice así:

Una escoba a la vez. Una respiración a la vez. Sin pensar en toda la calle.

Sin jerga, sin discurso. El consejo de un hombre viejo que ha aprendido algo importante barriendo aceras. Y eso, curiosamente, es lo que lo hace tan poderoso: funciona para un niño de diez años y para un adulto agotado que lleva años intentando hacer diez cosas a la vez y sintiéndose culpable por no hacer once.

¡Nos leemos la semana que viene con la segunda parte de estos capítulos! 

Traed vuestras preguntas, vuestras dudas y, si habéis subrayado algo que os haya llamado la atención, traed eso también. No hay respuestas incorrectas en Leolo. Solo lectores con ganas de pensar juntos.

Feliz semana de lecturas

Alejandro López