Momo · Parte II (capítulos 13–16) Casiopea, el Maestro Hora y el tiempo robado.

Libro que estamos comentando
Momo y Casiopea

 ¡Bienvenidos a una nueva sesión de Leolo, el domador de palabras!

Hola a todos y a todas. Una semana más nos encontramos aquí. La semana pasada vimos cómo la ciudad empezaba a cambiar, cómo Gigi cedía y Beppo era silenciado. Hoy descubrimos adónde lleva todo eso, y conocemos a dos de los personajes más inolvidables de la novela.

Momo es la única que no puede ser convencida, y no porque sea más lista ni más fuerte, sino porque su don —escuchar, estar presente, dar tiempo al otro sin pedir nada a cambio— es exactamente lo que los Hombres de Gris necesitan aniquilar. No pueden robarle el tiempo porque ella no lo acumula. No pueden tentarla con el éxito porque el éxito no le dice nada. No pueden convencerla de que está desperdiciando su vida porque su vida, tal como la vive, es justo lo que ellos han declarado que no vale nada. Momo no los enfrenta con una fuerza mayor. Los enfrenta con una indiferencia total, y eso, en el mundo que Ende describe, es la única forma de ganar.

Ahí aparece Casiopea. Y con ella, uno de los hallazgos más deliciosos de la novela. Es una tortuga —lenta, pequeña, de aspecto completamente ordinario— que lleva escritas en el caparazón frases del futuro inmediato. Sabe lo que va a ocurrir en los próximos treinta minutos, exactamente treinta, ni uno más ni uno menos. Podría parecer un don escaso para una criatura de aspecto tan antiguo. Pero Ende elige ese límite con una precisión filosófica que no es casual: treinta minutos es exactamente lo que se necesita para dar el siguiente paso correcto. Nunca suficiente para planificar el destino ni para controlar lo que viene después. Casiopea avanza despacio —con esa lentitud que desespera a quien tiene prisa— y sin embargo siempre llega. Al lugar exacto, en el momento preciso. En un mundo donde todos corren sin saber adónde van, la tortuga es la única que camina despacio y nunca se pierde. Hay algo profundamente consolador en eso. Casiopea guía a Momo hasta la Casa de Nunca Jamás, donde vive el Maestro Hora, y lo hace de la única manera que conoce: un paso detrás de otro, sin explicaciones, con la tranquilidad serena de quien no necesita justificar lo que sabe.

El Maestro Hora es la figura más cercana al mito en toda la novela. Su casa no tiene dirección ni horario; no puede encontrarse por el camino más rápido, solo por el camino correcto, que es siempre el que marca Casiopea. Dentro hay una sala que es, posiblemente, la imagen más hermosa de Ende: flores que florecen y mueren continuamente, cada una de un color distinto, con un perfume propio e irrepetible. Son las flores-hora. Cada flor es una hora de la vida de alguien. Florecen, viven su momento breve y pleno, y mueren. Y en ese ciclo tan corto está contenida toda la dignidad de lo que significa vivir: cada hora es absolutamente singular, no puede repetirse, no puede guardarse, no puede transferirse a nadie. Solo puede vivirse. O perderse.

Hora le explica entonces a Momo lo que está ocurriendo. Los Hombres de Gris no tienen tiempo propio —no tienen vida, en ningún sentido real de la palabra—, y sobreviven fumando el tiempo robado a los humanos, transformado en esos cigarros de olor extraño que nunca sueltan. Es una imagen oscura y perfecta: el tiempo que alguien no llegó a vivir, desviado antes de poder florecer, convertido en humo que alimenta a quien lo robó. Además, Ende cierra el círculo con una paradoja que tiene algo de trampa antigua: si un cigarro-hora se apaga, el Hombre de Gris que lo fuma muere. Necesitan destruir el tiempo de los demás para existir, y cuando ese suministro se corta, no queda nada dentro de ellos. Porque nunca hubo nada. Son, al final, la forma más pura de vacío disfrazado de razón.

Simbolismo en Momo

Los Hombres de Gris son el símbolo más elaborado de la novela, y también el más moderno. El más inquietante, a decir verdad. Porque su grisura no es solo una cuestión de vestuario: es una condición ontológica. Son figuras sin deseos propios, sin historia personal, sin cuerpo real en ningún sentido que importe. En sentido estricto, no existen. Sobreviven parásitamente del tiempo ajeno, como ciertos organismos que no pueden generar su propio calor y necesitan robárselo a otros para no apagarse.

Ende los concibe no como villanos de cuento —con sus motivaciones retorcidas, sus rencores personales, su maldad con nombre y apellido— sino como algo más difícil de señalar y más difícil de combatir: la encarnación de una lógica. La lógica del rendimiento. La de la acumulación. La de medir todo en términos de ganancia y pérdida. No hay nadie a quien culpar porque no hay nadie dentro. Y es que eso, precisamente, es lo más aterrador: que el mal que describe Ende no tiene cara. Tiene estructura.

Que vistan de gris y fumen cigarros en reuniones de negocios no es un detalle inocente. Es una imagen de frialdad corporativa perfectamente reconocible, de esas que el lector de hoy identifica antes de que el texto termine la frase. Los Hombres de Gris no parecen monstruos. Parecen consultores.

Casiopea es uno de los hallazgos más deliciosos de toda la novela, y también uno de los más difíciles de olvidar una vez que se ha conocido. Una tortuga que sabe lo que va a ocurrir en los próximos treinta minutos —exactamente treinta, ni uno más—, que se mueve con una lentitud que desespera a cualquiera que tenga prisa, que comunica lo que sabe mediante destellos luminosos en su caparazón. Podría parecer, a primera vista, un personaje de adorno. Un toque de fantasía simpática. Pero no.

Casiopea es la figura del tiempo orgánico frente al tiempo del reloj. El tiempo que no se mide en horas facturables sino en mareas, en estaciones, en el ritmo de las cosas que crecen despacio y llegan siempre. Lento, sí. No-lineal, también. Pero fiable de una manera que los relojes no lo son nunca del todo. Y es que Casiopea siempre llega. Siempre al lugar exacto, siempre en el momento preciso. En un mundo donde todos corren sin saber muy bien adónde van, la tortuga es la única que camina despacio y nunca se pierde. Hay algo profundamente consolador en eso, aunque cueste un momento entender por qué.

Además, su nombre —una constelación circumpolar, siempre visible, que nunca se pone bajo el horizonte— la ancla en una temporalidad que va mucho más allá de cualquier agenda. Casiopea no vive en el tiempo de los Hombres de Gris. Vive en el tiempo de las estrellas.

Las flores-hora son el símbolo más hermoso de la novela. El más cercano a la poesía pura, de esos que no se explican del todo con palabras y que por eso necesitan la imagen. Cada flor es una hora en la vida de un ser humano: florece brevemente, con toda su singularidad —su color propio, su perfume único, su forma irrepetible—, y luego muere. Así, sin más. Sin posibilidad de guardarse ni de repetirse.

La sala donde crecen en la Casa del Maestro Hora consigue algo que muy pocos libros logran: poner imagen a algo que sabemos pero que raramente nos permitimos sentir de verdad. Que cada momento vivido es absolutamente único. Que lo que está ocurriendo ahora mismo —esta conversación, esta tarde, este instante concreto e irreproducible— no volverá a ocurrir nunca. Que cuando pasa, se va del todo.

Y los Hombres de Gris, la verdad es que no crean absolutamente nada. Solo cosechan estas flores antes de que tengan la oportunidad de florecer. Se llevan las horas antes de que nadie pueda vivirlas, y las convierten en combustible para seguir robando más. Es un ciclo tan oscuro como perfectamente lógico dentro de la novela.

Los cigarros-hora cierran el ciclo simbólico con una ironía que tiene algo de fábula antigua y algo de pesadilla contemporánea. El tiempo robado a los humanos —esas horas que alguien no llegó a vivir, que fueron desviadas antes de poder florecer— se convierte en el único alimento posible de quienes lo robaron. Y además es adictivo. Necesitan más. Siempre más. Porque sin ese suministro continuo, simplemente se apagan.

Ende construye aquí una metáfora del capitalismo que no necesita etiquetas para funcionar: el sistema se alimenta de aquello mismo que destruye, y necesita destruir cada vez más para seguir sobreviviendo. Es un círculo vicioso con forma de espiral, de esas que no tienen fondo visible. Los cigarros huelen mal, por cierto. Ende no lo olvida. Incluso en el detalle más pequeño, hay una señal de que algo no está bien, de que algo en ese olor debería hacernos retroceder un paso. Pero la gente, ya se sabe, se acostumbra a casi todo.

Pregunta para esta semana:

Casiopea solo sabe lo que va a pasar en los próximos treinta minutos, ni más ni menos. ¿Preferirías saber el futuro inmediato como ella, o conocer el futuro lejano? ¿Qué cambiaría en tu manera de vivir cada opción?

Feliz semana de lecturas

¡Nos leemos! 📖

Alejandro López