Merlín y familia, III

Libro que estamos comentando
Álvaro Cunqueiro

Hola a todas y todos, seguimos paseando por este catálogo de las maravillas que es el libro de Merlín y familia. Esta semana cambiamos de lugar físico y también, parece, de momento. Pero no me adelanto. Sólo os cuento por ahora que vamos a leer otras 50 páginas en mi edición, de la 115 a la 164, que incluye los dos primeros bloques de esta segunda parte en la que nos adentramos: las historias de Termar y las dos historias del apéndice.

Pero vayamos al lío.

 

ESTA SEMANA

Entramos en la segunda parte del libro y nos encontramos de pronto en la posada de Termar, un lugar en el que seguimos sabiendo de prodigios e historias en la mirada de nuestro narrador, Felipe, que quizás sea ahora más mayor (y no un joven criado).

En estas historias de posada conoceremos a un enano griego que corrió medio mundo persiguiendo un ratón por amor a su princesa (es que cada historia es deliciosa, en verdad); a un paje de Aviñón que anda triste por perseguir el amor líquido de Anglor (esto del amor líquido se adelantó unos lustros a Zygmunt Bauman, jeje); la historia del hugonote de Riol y su tenaz y perseverante herejía; y el asunto del gallo de Portugal, desopilante y sorprentende.

Los cuatro cuentos son historias de posada y de peregrinaje, y no sé a vosotras y a vosotros, pero a mí me ha recordado un poquito a Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer; pero al mismo tiempo seguían teniendo esa áurea, si se me permite, de relatos fantásticos, llenos de magia y sorpresa. Son historias con una cierta unidad que rompen, aunque sea levemente, con la línea hasta este momento del libro, y nos anticipa la ruptura que llega.

Porque se acabó conocer a Merlín y sus visitantes, hemos salido de la casa donde ha transcurrido la primera parte del libro y de pronto, al alejar algo la mirada, nos encontramos frente a una especie de mosaico que se sigue articulando con historias de similar jaez pero desde otro lugar. Que son también teselas de ese mosaico.

Primero serán estas cuatro historias de Termar, y luego los dos relatos del apéndice: la novela de mosiú Tabarie (de quien sabemos en la primera parte del libro) y el romance de Pablo y Virginia (y sus dos sauces llorones). 

Es decir, nos encontramos con la novela que va creciendo desde distintos ángulos pero ya no linealmente, sino en un nivel de espesor de contenido. Habíamos leído el capítulo en el que aparecía mosiú Tabarie donde se citaba la novela del pedo del diablo y es esta historia la que ahora se nos narra. Por lo tanto el libro de pronto rompe con esa linealidad, con esa estructura que podría ser algo cansina ya a partir de este punto por su reiteración y sencillez, y se convierte en una novela fragmentada que precisa del lector, la lectora, para terminar de ser cosida.

Parece que nos saca del libro y, sin embargo, nos mete aún más adentro.

A mí estas cosas me maravillan ¡y me encantan!

A ver qué os parece a vosotras y vosotros. Os leo en los comentarios.

Ah, antes de despedirme, la próxima semana terminaremos con este libro y nos meteremos en las páginas de El Buscón de Quevedo, ojalá os apetezca leerlo por aquí.

Saludos cordiales, 

Pep Bruno