y 5 MARINERO EN TIERRA. Rafael Alberti
Buen día de lunes, ATRAPAVERSOS, esta semana terminamos la lectura de nuestro Marinero: desde la página 131 con el poema “Ojos tristes, por la banda” hasta el final.
Como sabéis, el último apartado del libro Triduo del alba lo hemos leído en estas dos semanas. Es el final del libro, y se concluye con una rendición, pues si bien en todo el libro flota una cierta nostalgia, en esta última parte se constata la tristeza abiertamente, el asentamiento en el ánimo de aquello que es inevitable, en este caso la pérdida real del mar.
Esta diferencia profunda del tono lo vamos a encontrar muy marcado en los dos poemas de apertura y cierre del poemario. El poeta en su Prólogo (p. 15) comienza diciendo: Yo, marinero,
… sueño en ser almirante de navío
para partir el lomo de los mares
al sol ardiente y a la luna fría.
Un almirante de navío dispuesto a todo y desposado con una sirena, nada menos, con la que surcará “El mar, la tierra, el aire”. Todo en este poema, bellísimo para mi gusto, destila osadía y promesas de viaje heroico. Y todo el periplo de este almirante-poeta está desplegado en el poemario, auspiciado por un “¡y ruede por el mar tu caracola!”.
Una caracola que rueda hasta el final, con el poema “Funerales” (p. 146), en el que su título ya lo dice todo: el yo poético vocea su propia muerte. Digo vocea porque las exclamaciones continuas en los versos le dan urgencia y sensación de tragedia a la continua exhortación del texto. En él se hace un llamamiento a pescadores, a lampiños guardias marinas, a marineras y a la hortelana del mar para que acudan a llorar por el marinero muerto, ese yo poeta en el que “entre apagadas farolas / se hunden mis funerales”. Para que al fin “giman las negras bocinas / y callen las caracolas”.
Al comenzar la caracola rueda, y el final es su silencio.
Estos dos poemas, primero y último del poemario, tienen un tono vehemente que casi podríamos escucharlos dichos a voces: el primero, anhelante y el último, doliente.
Los dos tienen regularidad estrófica y métrica: el prólogo está formado por versos endecasílabos (de arte mayor), armados en tercetos encadenados; y el funeral es una sucesión de versos octosilábicos (de arte menor) agrupados en cuartetas, estrofas de cuatro versos con rima abab.
Además, los dos poemas tienen movimiento, son muy dinámicos: todo lo que se cuenta está en acción o bien se invita a ella; además, son muy plásticos, visuales, pues incitan a quienes los leen a imaginarlos, verlos en su interior. Vayan como ejemplo de esta impronta visual, algunas de las imágenes poéticas que se plasman en el último poema: lloran los ojos de los puentes lágrimas de ¡treinta! ríos,
los pescadores lanzan el arpón al viento y lo que izan es el pensamiento,
las bocinas gimen,
la corriente tiene un puño que rompe los navíos,
las marineras riegan con su cabellera,
la hortelana flota sobre su huerto,
llueve nieve negra… ¡todos los versos son un cofre de imágenes! Unas sugerencias todas ellas llamativas, bellas y poderosas.
Después de estos comentarios, confío en que pongáis los dos poemas delante y los volváis a leer. “Pescaréis” vuestros propios hallazgos, os lo aseguro. Para ello, sugiero que os dispongáis a hacer una lectura “visual”, visionaria, de imaginación: ved lo que estáis leyendo.
Probadlo también, si os ha interesado la propuesta, con aquellos otros poemas que más os gusten.
La semana pasada se me quedó sin poneros por aquí estas palabras de Rafael Alberti que pronunció en una conferencia que dio en Berlín en 1932 titulada La poesía popular en la lírica española contemporánea. Palabras que me parecen muy interesantes porque explican ese hacer del poeta que marcó toda su obra: vivir inmerso en una tradición que gracias a su genio la hizo nueva, vuelta a recrear. Aquí va la jugosa cita: “Los poetas acusados de este delito (ser surrealistas) sabíamos que en España -si entendemos por surrealismo la exaltación de lo ilógico, lo subconsciente, lo monstruoso sexual, el sueño, el absurdo-, existía ya desde mucho antes que los franceses trataran de definirlo y exponerlo en sus manifiestos. El surrealismo español se encontraba precisamente en lo popular, en una serie de maravillosas retahílas, coplas, rimas extrañas, en las que, sobre todo yo, ensayé apoyarme para correr la aventura de lo que para mí hasta entonces era desconocido”.
Y una última cosa: referido a los dos últimos sonetos del primer apartado del poemario, “A Rosa de Alberti, que tocaba, pensativa, el arpa (Siglo XIX)” (p. 29) y “Catalina de Alberti ítalo-andaluza (Siglo XIX)” (p. 30), se quedó la duda de quiénes serían esa Catalina y esa Rosa, si serían familiares (eso pensaba yo) del poeta. Pues no, cuenta Luis Suárez Ávila (paisano de Alberti) que los poemas hacen referencia a Santa Rosa de Lima y a Santa Catalina de Siena (cuya ermita está en el Castillo que cita Juan Ramón Jiménez en la famosa carta a Alberti de la página 71 de nuestro Marinero). El añadido “de Alberti” parece que indica que eran santas tutelares de la familia.
Me despido con este poema de nuestro autor, que me acompaña desde la juventud y que no tengo ni idea de en qué poemario suyo apareció por primera vez, pues lo copié en su momento (lejano) sin referencias:
La primavera ha venido
dejando en el olivar
un libro en cada nido.
Vivir leyendo, leyendo
mientras la paz en el mundo
no se nos vaya muriendo.
Paz, paz, paz para leer
un libro abierto en el alba
y otro en el atardecer.
¡Que así sea! Un abrazo en poesía,
Estrella Ortiz
¡Hasta la próxima semana, nos vemos en SAFO. POEMAS Y TESTIMONIOS!