Hasta el final de la novela
Hola, amigas, amigos:
Llegamos al final de “Los reyes de la casa”, de Delphine de Vigan, una novela inquietante que, creo, nos deja un sabor agridulce en el paladar.
Comprobamos, con estupor, que el secuestro de la pequeña Kimmy no cambió absolutamente nada en las rutinas de la familia; tampoco la ley que pretendía regular el trabajo y el impacto de las redes sociales en la vida de tantos y tantos niños. Los padres, los tutores, los que se aprovechaban de el trabajo de los niños (explotación infantil), consiguieron sortearla, casi sin problemas. Simplemente, la maldad existe... pero también existe la responsabilidad de una sociedad, los resortes de vigilancia de un sistema que, a veces, falla.
Kimmy y Sammy se han convertido en dos jóvenes adultos que, a su manera, han reaccionado violentamente ante los desafueros de su madre, Melánie, cometidos con la complicidad del padre, Bruno. Se han alejado de ellos, apenas los llaman, Sammy ha desaparecido de las redes sociales y Kimmy lo hizo antes, envuelta en una rebeldía feroz de adolescencia.
Los hermanos han perdido el contacto, Sammy sufre el síndrome del Show de Truman (tremenda película), y Kimmy intenta acercarse a él y comprender todo lo que ocurrió en aquella etapa en que fue secuestrada. Así que va a ver a la policía, a Claire. Claire, sumergida en otros casos, no siguió el caso de la familia Diore, se perdió su vuelta a las cámaras, a las sesiones larguísimas de fotos y vídeo, a los challenges, a los retos virales... en los que, poco a poco, Kimmy fue desapareciendo y Sammy se convirtió en la estrella infantil, en el niño de mamá.
Ahora, con todos los datos en su haber (tremendo cuando descubre Kimmy que el día después de aparecer, sus padres pidieron la devolución de la donación a la ONG ), Kimmy decide denunciarlos, porque sí, le han robado la infancia. A ella y a su hermano, el “pequeño soldadito”.
El emporio de los Diore no ha hecho más que crecer y crecer... pero la novela termina con una Melánie abandonada por todos (se lo ha ganado a pulso), también por su marido que ha decidido no volver a casa (ya era hora).
Las pocas notas optimistas de esta novela son el reencuentro entre los hermanos, que siempre se han querido mucho, el cambio de destino de Claire a un lugar en el que podrá proteger más y mejor a muchos niños, y saber que la “secuestradora” lo hizo porque sabía que aquello no estaba bien y que Kimmy no aguantaba más, además de que ha conseguido seguir adelante con su vida.
El hecho inquietante es esa pequeña cámara que Kimmy ha creído ver en una mariposa colorida que la ha seguido hasta el apartamento de su hermano... ¿es que él, a fin de cuentas, tiene razón y le siguen grabando?
Por cierto, para finalizar, me gustaría llamar la atención sobre Claire y Melánie, estas dos mujeres que son la cara y la cruz de una moneda. Claire, desconectada por voluntad propia, alejada de lo digital, empeñada en eliminar su huella digital y en que su huella, en general, sea mínima (apostando por la sostenibilidad), y Melánie, que nunca se pone la ropa dos veces, que malgasta, tira, sigue exhibiéndose y está enferma, sí, ahíta de amor enlatado y fama.
¿Conversamos?
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Imagen de la mariposa de Uschi Dugulin en Pixabay