Primera parte: capítulos 4 y 5

Libro que estamos comentando
Saná. Wikipedia

Queridas viajeras, queridos viajeros:

Continuamos periplo lector acompañando en su juventud a Jordi Esteva. Reconozco que estos dos capítulos (el 4 y el 5, recordad) me han resultado muy evocadores y hasta mágicos, porque me parecía que estaba ante una suerte de Sherezade e imaginaba al autor escuchando con expectación y mucha curiosidad. 

En este tramo del libro, Esteva acompaña a Abdelaziz a Suakin, la ciudad construida en  magnífico coral blanco que fue decayendo con la paulatina desaparición del comercio y el abandono de las familias de sus casas. La historia es tan fascinante como melancólica. Una suerte de nostalgia nos acompaña con Abdelaziz, el musulmán devoto. 

Tras la estancia de nuestro joven viajero en Suakin, nos encaminamos a Yemen. Abdelaziz ha decidido ir en busca de su hermano, para darle un abrazo que puede ser el último. Es mayor y puede que las fuerzas le falten pronto; no quiere dejar pasar la oportunidad de realizar este viaje en compañía de un joven viajero como Jordi Esteva.

Recalamos en la capital de Yemen para alojarnos en la casa de un pariente de Abdelaziz. La ciudad, ahora cerrada al mundo por la guerra, es un ejemplo más de ese patrimonio arquitectónico y artístico que está en peligro de desaparecer... lo cierto es que Esteva fue un privilegiado al poder visitarlo y contemplar algunos de sus lugares y de sus monumentos. 

Como buen viajero, imagino al autor escribiendo en una serie de libretas conversaciones, describiendo los paisajes y las comidas (sumamente apetitosas y abundantes), hasta reseñando los sentimientos de celos de Abdelaziz al notar la admiración que se despierta en Esteva ante lo que le cuenta su pariente Cheji Abas. 

Como os comentaba al principio del texto, lo que me parece tan evocador y fantástico son esas reuniones en torno al té, para escuchar historias:

La gente se reunía de noche alrededor de una tetera para escuchar historias. Los radiocasetes, por ejemplo, lejos de introducir ritmos foráneos, no hacían sino difundir aún más la música propia; cuando había alguna boda o algún acontecimiento en el que se tocara o cantara, no faltaban los aparatos descomunales, recubiertos de telas de vivos colores, para grabar los temas que más tarde se popularizarían.

 Y los deliciosos menús... como en esta casa de la capital yemení (ahora cerrada y prohibida debido a la guerra)

Y comenzaron a llegar ollas y bandejas: ensalada de pepinos, tomates con cilantro, arroces de distintos colores muy especiados y una gran fuente con un estofado de cordero tan meloso que se deshacía en la boca. Y cómo no, rashush, un inmenso y apetitoso pan en forma de torta capaz de satisfacer a la numerosa concurrencia.

Ya en el terreno más personal y biográfico de nuestro joven viajero, resaltaría sus ganas de aventura, su espontaneidad, sus ganas de probarlo todo (algo que le lleva a no pocas intoxicaciones etílicas y algo más que etílicas, amén de tropiezos, accidentes, robos e incidentes de salud...). Y su inmensa suerte al tener el privilegio de visitar algunos de esos lugares (con dificultades) que, hoy por hoy y ya durante demasiado tiempo, nos están vedados, son sitios muy peligrosos.

Seguimos viajando con un jovencísimo y osado aventurero...  en busca de los árabes del mar.