Las chicas de la 305: hasta el final.
Hay libros que se leen con los ojos, y libros que se leen con la piel. Las chicas de la 305 de Ana Alcolea pertenece a esa segunda categoría: una novela que no se limita a contar una historia, sino que te instala dentro de ella, entre los pasillos de una residencia universitaria, en el espacio compartido de una habitación pequeña donde caben —apenas— dos mundos muy distintos.
Cuando Marta llega a Zaragoza para estudiar y se instala en la habitación 305 de su residencia, lo que encuentra no es solo una compañera de cuarto: encuentra un espejo, una pregunta abierta sobre quién quiere ser. Lucía, su compañera de habitación, viene de otra vida, tiene otras formas de mirar el mundo, y sin embargo —o quizás por eso— algo las unirá de una manera que ninguna de las dos esperaba.
Ana Alcolea escribe con una voz que no teme la emoción ni la complejidad. En esta novela conviven el humor y la tristeza, la amistad y el deseo, la libertad y el miedo a decepcionar a quienes amamos. Es una historia de iniciación, sí —de esas primeras veces que lo cambian todo—, pero también es una historia sobre el valor de ser honesta: con los demás, y sobre todo con una misma.
La representación y el desenlace
Los últimos capítulos ambientados en 1968 llevan la novela hacia su punto culminante: la representación de La tempestad. El espectáculo no es solo un acontecimiento artístico sino un rito de paso colectivo. Las chicas que suben al escenario no son exactamente las mismas que llegaron a la habitación 305 meses antes. Han cambiado, no de manera espectacular ni visible desde fuera, pero sí de manera real: en lo que piensan de sí mismas, en lo que se permiten desear, en la manera en que miran el futuro.
La novela no romantiza el desenlace. El fin del curso significa también el fin de la comunidad tal como ha existido: las chicas volverán a sus pueblos, se dispersarán, y pasarán décadas antes de que vuelvan a estar en la misma habitación. La autora tiene el coraje de no prometer que la amistad lo supera todo, de no fingir que el tiempo no pasa. Lo que sí promete —o más bien, lo que muestra sin prometerlo— es que algunas experiencias nos marcan de maneras que trascienden el contacto cotidiano.
El presente del reencuentro
Los capítulos en el presente, que enmarcan y puntúan la historia del pasado, muestran a las seis chicas ya adultas, ya mujeres con sus historias propias, a punto de reencontrarse después de décadas. Este bloque funciona como contrapunto reflexivo del pasado: cada momento en el presente invita al lector a preguntarse qué quedó de aquellas adolescentes en las mujeres que serán.
El reencuentro en sí no es el cierre feliz de una historia de amistad sino algo más complejo: el momento en que seis personas tienen que decidir qué hacer con una memoria compartida, qué honrar y qué dejar ir, quiénes quieren ser las unas para las otras después de tanto tiempo. La autora resuelve este bloque con la misma elegancia que ha presidido toda la novela: sin grandes gestos, sin lágrimas fáciles, con la confianza en que lo verdadero no necesita ser subrayado.
Don Antonio y los profesores: el internado por dentro
Además de Angélica, la novela puebla el internado de una serie de figuras secundarias que completan el retrato de la institución. Entre ellas destaca don Antonio, el profesor de Ciencias Naturales que llega a la Universidad Laboral como un personaje doble: es el profesional que el régimen necesita, pero también —en términos de la propia novela— un hombre que tiene sus dudas acerca de entrar como profesor en una de las universidades laborales que había creado el régimen para formar a las nuevas generaciones en el ideario falangista.
Don Antonio es compañero de trabajo de Angélica, y la relación entre los dos adultos —respetuosa, intelectualmente estimulante, emocionalmente compleja— proporciona a la novela una dimensión que va más allá del universo estrictamente juvenil. Son dos personas que han llegado al mismo lugar por caminos distintos y que comparten, sin decirlo demasiado, la convicción de que el internado puede ser algo más que lo que el régimen quiso que fuera.
La presencia de profesores con tendencias progresistas en un centro de inspiración franquista es uno de los datos históricos más interesantes que maneja la novela, y la autora lo documenta en las declaraciones de Ana Alcolea: estas universidades laborales fueron en muchos casos terreno de infiltración de profesores comunistas en el exilio que convirtieron en muchos casos el ideario franquista en su contrario.
Las chicas de la 305 es una novela que consigue algo difícil: hablar de política sin ser panfletaria, de historia sin ser académica, de feminismo sin ser doctrinaria. Lo consigue porque pone siempre a las personas por delante de las ideas, porque confía en que los personajes, si están bien construidos, dicen más que cualquier tesis.
Su estructura coral es uno de sus mayores logros. En una época en la que la novela contemporánea tiende a la voz única y a la introspección individual, la apuesta de Susana Leal por el personaje colectivo resulta refrescante y políticamente significativa: sugiere que la historia no la hacen los individuos aislados sino las comunidades, que lo que nos forma no son solo nuestras experiencias sino también las de quienes comparten nuestro espacio.
La novela combina con habilidad la dimensión histórica y la dimensión juvenil, el relato de formación personal y el retrato social. Usa el espacio simbólico del internado y de la habitación para construir un microcosmos que habla de lo grande a través de lo pequeño. Y lo hace con una prosa cuidada, capaz de ser lírica sin ser ornamental y directa sin ser plana.
Sobre la educación: Para estas chicas, estudiar es una oportunidad que sus familias han pagado con un esfuerzo real. ¿En qué sentido la educación las libera? ¿En qué sentido las ata? ¿Cómo se relaciona esa tensión con tu propia experiencia?
Sobre el reencuentro: La novela termina con las mujeres adultas a punto de verse después de décadas. ¿Qué crees que van a encontrar? ¿Qué esperas tú de ese reencuentro como lector?
Sobre el género: La novela está etiquetada como juvenil, pero puede leerse perfectamente como novela de adultos. ¿Qué rasgos la acercan a la literatura juvenil? ¿Qué rasgos la trascienden?
Os leo
Feliz verano de lecturas
Nos vemos en septiembre con Momo de Michael Ende, todo un clásico de la literatura juvenil.
Saludos
Alejandro López