Hasta "Per Sempre", incluido
Hola, amigas, amigos:
En los capítulos sobre los que conversamos esta semana cabe destacar, en primer lugar, a Margarita y cómo comienza a percibirla nuestra protagonista, todavía muy niña.
Margarita es “aceptada” en el barrio, porque “no se mete con nadie”, “vive su vida sin molestar”... es como si las mujeres trans tuviesen que hacer méritos para dejar atrás la molestia de su presencia. Molestaban sólo por existir. Es terrible.
Margarita no es víctima de la violencia más brutal, pero sí de la soterrada: mezquindades, humillaciones infligidas desde la cobardía (los hermanos viscosos del estanco se comportan como unos monstruos). Se tolera a Margarita. Y ella, Margarita, es una mujer buena: solidaria, empática, una hija que cuida de su madre con una extraordinaria delicadeza, incansable trabajadora, pendiente de las vecinas, de esas mujeres solas... como lo está ella:
Margarita era bienvenida en los atrios de las mujeres solas. Las que no podían permitirse el lujo de rechazar una mano desinteresada. A través de las pequeñas atenciones que les dispensaba Margarita habían tejido una red de soledades que les aliviaba los días
Era una mujer que ayuda a los toxicómanos comprándoles dulces y batidos para que pasaran el día. Ellos no exigían nada, no la atracaban, si acaso le rogaban.
Para mí, Margarita simboliza a los más vulnerables, a los desposeídos, a los que están y se sienten solos, a los que aísla la sociedad: prostitutas, toxicómanos, personas de etnia gitana, y, también, la clase obrera de esos barrios aledaños a la gran ciudad. El capítulo en el que fallece su madre, Doña Ana, es doloroso y, a la par, destaca por la dignidad y el valor de Sebastián, el vendedor ambulante de frutas, que alza la voz contra la injusticia.
Fui la primera vez que vi con total claridad esa humillación específica, la de negar el nombre, la de exponer la desnudez de otra persona para burlarse, la de aplastar cualquier conquista o historia personal, por dolorosa que haya sido, solo por el placer de ejercer poder, y en ese momento se conformó un nosotras tan poderoso que parecía haber estado ahí siempre. Sí que pertenecíamos al mismo bosque, sí que compartíamos una complicidad que era terrible y preciosa; Margarita sí que era bonita, y yo había sido devorada por las ensoñaciones del miedo infantil a la vida.
La protagonista descube el amor y el sexo con Jay, un chico de 17 años hijo de un militar americano y una profesora francesa, que ha vivido ya en varios países, es espabilado, divertido y experimentado. Pero, sobre todo, es alegre, respetuoso. Es, justamente, lo que ella necesita. Con Jay, aunque todo es urgente, precipitado y clandestino (no por elección propia, sino por las circunstancias), ella se siente flotar de felicidad. Los capítulos en los que van a Chueca, a la cafetería Figueroa, para no tener que esconderse, son preciosos. La complicidad que hayan en Antonio, (consejos, cuidados, bromas... y hasta un lugar para estar juntos, su casa), desembocan en una conversación que comienza siendo para Jay pero que, en realidad, es para ella misma, para nuestra protagonista. Porque nombrar significa existir.
Nunca más te llamaré Álex. Para mí, si quieres tú, te llamo Sempre. Solo Sempre.
Quiero destacar dos cuestiones más: la infancia y adolescencia de nuestra protagonista, marcada por la disforia de género, a la que se une una cierta tendencia a coger peso que en casa no dejan de recordarle... y unos padres a los que quiere y la quieren. Ya hemos comentado cómo describe a su madre y esto dice de su padre, que me parece revelador:
Mi padre era así. Sin muchos rodeos siempre nos decía la verdad y consideraba que teníamos derecho a que se nos respondieran las preguntas. Para ser una hombre nacido en los años del silencio era desprejuiciado y, a su manera limitada por el entorno, la época y su propia educación, bastante abierto de mente. Menos cerril de lo que se esperaría de un hombre en sus circunstancias.
El entorno, la época y la educación.
¿Conversamos?