Hasta el capítulo "Las Moiras", incluido
Caminar era, del mismo modo que correr, una manera de sentir que no estaba en medio de un mundo que giraba a mi alrededor con tal furia que no me dejaba moverme, que la vida no era un maëlstrom imposible de atravesar. Caminar era desplazarme, hacer algo, oponer cierta resistencia a una molicie que me devoraba viva.
Hola, amigas, amigos:
Avanzamos en nuestra lectura compartida de la novela de Alana S. Portero. En estos capítulos, la protagonista se enfrenta a un amor perdido (más que perdido, a un amor violentado, secuestrado), a la mezquindad de algunas personas (ese monitor que los delata, ese chantaje soterrado que ella decide no alimentar...), a las humillaciones y violencias presentes en la sociedad al completo, porque es estructural: el amigo amable al que “No le gustan los maricones”, el fanático depredador que decide degradarlo en el estadio...
El correctivo era constante, diario, en las conversaciones casuales que escuchaba, en los chistes, en las películas, en el rechazo brutal del mundo adolescente, en todo.
Entonces, decide mentir, copiar la masculinidad que tiene más próxima (su padre, su tío, su hermano... por cierto, qué buena persona es su hermano. La familia al completo, el padre, la madre, el hermano. Educados en una sociedad en la que las bromas de mal gusto cercan a los que se “tuercen”, con prejuicios adquiridos, con poco tiempo para conversar, pero que (pienso) en su fuero interno, saben), y sufre, sufre tanto que tiene ideas suicidas, y cada noche busca relacionarse sexualmente con hombres que le permitan soñar con ser esa mujer, en pensamiento, en cuerpo, en alma.
Me adentraba en la vida adulta sin esperanza. Durante la adolescencia, después del mal final de mi primera historia de amor, tomé conciencia de una realidad de la que no podía deshacerme, la de mentir para no sufrir. Entonces se abrió ante mí un camino bífido del que había transitado algunos senderos en la infancia y que acabó siendo el único disponible para mí. Pude haber luchado de otro modo, haber sido más valiente, pero no lo fui; que el momento de mi vida en el que estaba acumulando suficiente valor, suficiente orgullo y suficiente belleza como para vindicarme como una joven orgullosa hubiese terminado en chantaje, una separación que más bien pareció un secuestro y tan poca capacidad para reaccionar o para oponerme me había situado de nuevo en el plano de los miedos infantiles, de la inmadurez que prefería vivir la vida de los baños y los pestillos, la de la escenificación de la normalidad, la de sobrecompensar una masculinidad que nunca estuvo ahí más que como tragedia y como farsa.
De esas noches de excesos de sexo, alcohol y droga, camina nuestra protagonista por las calles de una ciudad fiera, pero con cierta belleza. Es ahí, en el alba que despunta, cuando conoce a Eugenia y sus amigas, la Cartier y la Chinchilla. Qué importante es para ella Eugenia. La escucha, ríe con ella, la maquilla, la comprende y busca soluciones, no permite que se quede en la compasión autocomplaciente. Hasta que un día Eugenia pone las cartas boca arriba y la apremia a que deje de hacerse daño. Eugenia, la Moraíta, es esa madre trans que ella necesita (al igual que, brevemente, fue Antonio una figura paterna).
¿Conversamos?
Imagen de Ismael Labrador en Pixabay