Desde "Las alas de la Chinchilla", hasta el final

Libro que estamos comentando
Alana S. Portero

Hola, amigas, hola, amigos:

Finalizamos la lectura compartida del mes de junio con unos últimos capítulos conmovedores, el último, en mi opinión, catártico. 

La protagonista de La mala costumbre, justo cuando está iniciando una forma menos agresiva de vivir, de tratarse, una suerte de aceptación y de orgullo de lo que es (aún con secretos y precauciones, no tiene más remedio), sufre una agresión brutal. La paliza, los insultos, la caída por las escaleras... todo ello mina no solo su fortaleza física, sino también su fortaleza mental, es mucho más grave (y permanente) el daño psicológico de la agresión que las lesiones más visibles. Los morados, las contusiones... se curan en más o menos tiempo, pero el miedo a vivir, no. 

A partir de ese momento, se esconde aún más, se niega como mujer y rechaza (para camuflarse) cualquier rasgo femenino: es muy simbólico que se rape la cabeza. Se camufla como modo de protección y para evitar otro correctivo más: cada vez que había comenzado a ser feliz, la sociedad se había encargado de decirle que no, que estaba equivocada y había salido torcida. 

Tras los doce años que vive fuera de San Blas se ve obligada a volver a la casa de sus padres (que ya no es aquélla en la que se crio), porque económicamente y pese a que trabaja, no puede mantenerse. La crisis de la vivienda haciendo estragos. A su regreso, encuentra un barrio distinto, más cerrado en sí mismo, pero con menos violencia, con menos agresividad. Aquí, la autora realiza un ejercicio contra la nostalgia mal entendida, o la romantización: no todos los tiempos pasados fueron mejores que éste, porque existía una solidaridad, una unión en el barrio, pero quizás porque el ambiente era decididamente hostil. Sí que lamenta la solidaridad obrera, la pérdida de la conciencia de clase, pero hasta ahí, nada más. 

La relación con sus padres sigue anclada en cómo era en su infancia y su juventud: son padres que la quieren como bestias, que han trabajado como bestias para darle a ella y a su hermano cobijo, comida, ropa, pero no saben comunicarse, conversar. Como muchos padres de aquella generación, la educación sentimental no existía, tampoco se perdía el tiempo hablando de sentimientos, las facturas había que pagarlas, las horas de la jornada laboral eran infinitas y, ahora, han llegado los achaques, la enfermedad. Tampoco ella puede o sabe hablar con ellos, la invade una ternura, una congoja, el miedo a no cumplir con las expectativas de ese hombre y esa mujer que le han abierto su casa de par en par, y que están enfermos y cansados... 

En esta vuelta al barrio, la relación con Margarita es el pilar del regreso genuino de la protagonista de la novela. Por fin se acerca a ella, que está muy enferma, y la cuida. La cuida con una dedicación y un mimo que conmueven. Y lo hace hasta el final. Cuando Margarita muere es cuando ella se viste como la mujer que es y sale a las calles del barrio, sin ocultarse, orgullosa. Ahí está el renacer, la revelación, tal vez, la calma y la aceptación de sus seres queridos (sus padres, el hermano que la adora pero que no la entiende). Quiero creer que sí.

Es este un viaje duro, difícil y emocionante, por las personas con las que se va encontrando: malas personas, sí, pero también muy buenas, que la comprenden e intentan ayudarla. A la que tenía más cercana, Margarita, no se acerca a ella hasta casi el final... pero menos mal que construye esa relación tan especial que la consuela de pasados desdenes e incomprensiones. 

Hay frases, párrafos completos de la novela que he marcado en mi libro electrónico (espero las vuestras), porque las reflexiones que nos va dejando Alana S. Portero, en boca de su protagonista, son oro puro. 

Voy a resaltar dos:

El porqué de la mala costumbre, que adivinamos en dos escenas muy concretas: la primera cuando le confiesa a Jay quién es, él la comprende y la trata con delicada ternura: aquello activó mi mala costumbre de llorar por todo; y la segunda cuando acude a casa de Margarita a llevarle unas setas al ajillo preparadas por su madre: como había perdido la mala costumbre de llorar a solas, decidí que aquel era un buen momento para recuperarla

Y, este párrafo que habla del poder de transformar otras vidas, de impactar en ellas positivamente. De la obligación de la transmisión:

Me hubiera gustado impactar en su vida de la misma manera, que el intercambio fuese justo, pero a su lado entendí que las hijas estamos siempre en deuda, que no podemos devolver lo que se nos da o lo que nos quedamos porque no es natural hacerlo. Nuestra misión es traspasar eso que recibimos a las otras, las que sean. Aprendí que la genealogía, al ser un amor heredado, solo funciona en cascada. 

Me gustaría conocer vuestra opinión acerca de la novela... ¿conversamos?