3ª parte. Hasta el capítulo 14.

Libro que estamos comentando
Cubierta de la primera edición de 1986.

Es el periodista Amores ("un tal Amores" es la forma en la que Méndez le nombra, no sin cierto desprecio), uno de los personajes más chuscos y costumbristas de la novela. Cuando por primera vez Méndez escucha su nombre, pega un respingo que también sobresalta a los lectores. Nos tememos lo peor, porque el policía, un hombre con experiencia  como para no temer ni al mismo demonio, reacciona de esa forma tan alarmante, como si "le mentaran a la bicha" ("Mencionar algo malo o que trae mala suerte". www.coloquialmente.com).

El personaje de Amores seguro que responde a algún periodista que el autor ha conocido en su larga experiencia profesional en los medios escritos de Barcelona. Recordamos que González Ledesma fue redactor jefe de La Vanguardia durante varios años y que ese sería una excelente escuela para dibujar los bajos fondos de Barcelona y los individuos que por allí se desenvolvían, algún sosias de Amores incluido.

"Por una vez, la aparición de Amores no iba ligada a la aparición de un cadáver debidamente insepulto". Amores es sinónimo de mala suerte, para sí mismo y los que le rodean, sin embargo, su inocencia y su especial torpeza no ocultan que también domina los códigos criminales de la calle, y de esta forma le ofrece a Méndez una perspectiva nueva de la silla de ruedas, que parece convertirse en el objeto central de la novela.

Su charla con Méndez, llena de anécdotas tan graciosas que pueden no parecer reales, se lee con agrado similar a otros personajes costumbristas del policial español. Estoy pensando en Plinio, el personaje de García Pavón.
"El asesino de la silla de ruedas" se convierte en el nombre del caso y la silla, en la clave que Méndez intuye que lo diferencia de otros crímenes. 

Tiene que ser alguien experimentado en moverse con soltura por la ciudad, aunque actualmente no lo haga, es lo que le comenta Amores y el asesino con esa característica es el posible y principal sospechoso.

El otro elemento que sirve de conexión entre las diferentes tramas de la novela es la casa/torre de la difunta señora Ros y Elvira. Por allí ya ha aparecido el constructor Alfredo Gil a hacer valer sus derechos; también el nombre de Lourdes, la que fue amante menor de edad de Alfredo, el propio Méndez en busca de un capitalista socio de Alfredo, que utilizó durante algún tiempo la silla de ruedas, Abel Gimeno buscando información sobre el supuesto amante de Lali, el que financia los viajes que Eulalia relata con profusión de detalles y otros más que aparecerán en la última parte.

El constructor Alfredo Gil puede ser perfectamente el malo de la novela, porque delitos no le faltan. Los abusos y el maltrato sobre Lourdes, su amante desde que se conocieron siendo ella menor de edad, dibujan un personaje que se cree impune para maltratar con sadismo a una mujer. Él sería, en todo caso, la víctima de todos los desmanes de los que era responsable.

Recordemos que Méndez, que no está destinado al caso de la muerte de Paquito y que así se lo recuerdan sus superiores, sigue la pista de una persona que en algún momento hubiese utilizado silla de ruedas, se hubiese acostumbrado a manejarla y se hubiese recuperado hasta el punto de no necesitarla.

Cuando vuelve a su distrito, el del Barrio Chino de la época, se inicia un interesante periplo de Méndez por las pensiones de baja estofa de la capital catalana, lugares que el policía domina con la experiencia de muchos años de recorrerlas en busca de soplos, confidencias y delincuencia del más bajo nivel. Las pensiones del barrio son el refugio de personajes del submundo barcelonés, travestis, prostitutas y delincuentes de poca monta. El contacto del policía con ese mundo produce escenas de una naturalidad chispeante.

En el piso de Esther, Abel sigue recogiendo sus cosas para marcharse. En un momento determinado, tiene lugar un fallido encuentro sexual entre Abel y Esther. Hay desesperación en ambos por intentar buscar un nexo que le facilite continuar juntos, pero el sexo es imposible. Abel no siente nada ni reacciona ante las peticiones de la mujer.

Abel termina por convencerse de que las historias de sus viajes que cuenta Lali, la amiga de Esther, tienen un exceso de detalles y un punto de irrealidad que le hacen sospechar que todo sea verdad. Está dispuesto a gastarse el dinero para conocer más sobre el supuesto amante rico de Lali, Ricardo Mora, y acude para ello a una agencia de detectives. El informe que le ofrecen tiene más sombras que luces. Ricardo es un personaje casi invisible, con escasos datos, lo que solo puede corresponder a un millonario que quiere pasar lo más desapercibido posible.

Abel vuelve a casa de Esther y allí se encuentra de nuevo con Lali. Otra vez, la amiga relata sus viajes a Cuba, Bali o Cachemira. "Pero si hubiera de elegir un sitio, uno solo, elegiría Srinagar". Es todo tan literario que lo que cuenta Lali con tanto entusiasmo y detalle no puede haber sido vivido, sino leído y contado. "A veces, Lali, me sorprendo de cómo hablas", dice Abel.

El representante está dispuesto a llegar hasta el final con el asunto del misterioso Ricardo Mora. Acude a la casa que figura como su domicilio, que no es otra que la torre sobre la que giran muchas escenas de la novela. Entra en ella sin que nada ni nadie se lo prohíba hasta que en el sótano es asesinado al lado de una silla de ruedas.

¿Por qué al Raval se le llamaba ‘Barrio Chino’?  https://www.laramblabarcelona.com/raval-barrio-chino/