A la sombra de las muchachas en flor, y VIII

Libro que estamos comentando
retrato de Marcel Proust

Hola a todas y todos, última semana entretenidos con este segundo volumen de este libro inconmensurable y bárbaro. La próxima semana (el post llegará tarde, el miércoles 20, aviso) comenzaremos con el tercer volumen, el titulado "La parte de Guermantes". Pero cerremos la lectura maravillosa de las muchachas en flor. Para esta semana la lectura es fácil, desde donde estéis hasta el final del volumen segundo, en mi caso desde la p. 519 a la p. 594, donde termina mi edición.

 

ESTA SEMANA

Creo que esta semana se despliega como una flor que abre sus pétalos en la primavera el título del segundo volumen, en estas páginas, y a modo de colofón, se prodiga la imagen de las flores o, más bien, de las muchachas en flor. Gisèle, Albertine, Andrée... junto con el resto de muchachas con las que el protagonista pasea (por fin) a diario son protagonistas indiscutibles, y lo son a título individual pero también como grupo: "aquel estado amoroso dividido simultáneamente entre varias muchachas. Dividido o mejor dicho indiviso, porque la mayoría de las veces lo que me resultaba delicioso, diferente del resto del mundo, lo que empezaba a resultarme querido hasta el punto de que la esperanza de volver a encontrarlo al día siguiente era la mejor alegría de mi vida, era más bien todo el grupo de aquellas muchachas, tomado en el conjunto de aquellas tardes" (p. 553)  

Ciertamente tenemos a un joven narrador enamoradizo y con el picor subido, y también algo veleta, ¿o no os fascina ese enamoramiento por Gisèle que cambia tan repentinamente por cinco minutos? (está en las primeras páginas de esta semana, enseguida sabréis que hablo de algo relacionado con un viaje en tren). Pronto toma posiciones (en el corazón del protagonista) Albertine, la señorita Simonet, de quien ya habíamos oído hablar antes (en uno de estos procesos de autoenamoramiento de oídas...) pero que, a diferencia de otras ocasiones, parece que es un amor correspondido. Aunque uno no termina de entender esa manera de amar en la que parece que una vez que ya está el objetivo de nuestro amor claro ahora toca actuar como si no nos importara, casi como despreciándolo o sin tenerlo en cuenta (¡como si no existiera!): "lo más práctico era llevar conmigo a Albertine, a cuya compañía fingí resignarme de mala gana." (p. 565), de hecho es que más adelante llega a parecer que de quien está enamorado es de Andrée (la propia Albertine se lo dice).

Aunque el momento más bizarro (en cualquiera de sus tres definiciones en la DRAE: valiente, espléndido y extravagante) que vive el protagonista con Albertine (al menos en estas páginas) es el que sucede en la habitación de hotel donde ella está ya metida en la cama y él va a besarla (p. 572). Y no digo más porque no quiero destriparlo y sé que dará que hablar en los comentarios.

Por otro lado estas páginas están llenas de mucha reflexión sabrosa: desde la que argumenta que en los rostros y cuerpos de las jóvenes se esconden (y se intuyen) las caras y los cuerpos de las mujeres que serán (p. 527), "Pero, ¿qué importaba? En ese momento era la estación de las flores." (p. 528); pasando por la comparativa entre sandwiches y pasteles: "Es que con los sandwiches de chéster y ensalada, alimento ignorante y nuevo, yo no encontraba nada que decir. Pero los pasteles eran instruidos, las tartas eran locuaces. Había en los primeros insipideces de crema y en las segundas unos frescores de frutas que sabían muchas cosas" (p. 541); o el "principio de la utilización múltiple de una sola acción" (p. 577), que me ha encantado y del que creo que conozco algunas personas que lo usan con inteligencia; o la manera de hacer que las cosas (y las personas) pierdan su misterio o incluso su belleza (pp. 587-589). 

Una semana más he disfrutado de lo lindo con la lectura, espero que os ocurra igual a vosotras y vosotros.

Os leo en los comentarios (aunque, vuelvo a recordaros, estaré ausente hasta el 20 de mayo).

Pasad una feliz semana de lectura,

saludos cordiales, 

Pep Bruno