A la sombra de las muchachas en flor, V

Libro que estamos comentando
Marcel Proust escribiendo en su cama

Hola a todas y todos, seguimos avanzando con la lectura del segundo volumen de esta obra enorme. Por cierto, no sé si os he comentado que mientras que el primer volumen fue rechazado por varias editoriales, el segundo, este que estamos leyendo, recibió el Premio Goncourt (en 2019), apenas tres años antes de morir. Es con este segundo volumen que Proust empieza a sentirse seguro de la calidad literaria de su proyecto (al que lleva dedicando tantos años) y, tras recibir el premio, empieza a ser reconocido como un autor de prestigio.

Esta semana os propongo la lectura de unas 80 páginas en mi edición (pp. 287-367) –qué difícil es organizar lecturas con capítulos tan largos y tan pocos puntos y aparte–, es decir, desde los golpecitos en la pared para comunicarse con la abuela hasta la reaparición de su amigo Bloch, que va también con sus hermanas a descansar a Balbec. El párrafo donde lo dejo comienza así: "Luego Bloch me dijo cosas muy cordiales. Deseaba desde luego ser muy amable conmigo. Sin embargo, me preguntó: «¿Es por afán de elevarte hacia la nobleza..."

 

ESTA SEMANA

Las primeras páginas de esta semana las pasamos en el comedor del hotel de Balbec, donde podremos percibir la decadencia de la burguesía francesa (yo no hago más que preguntarme de dónde saca el dinero toda esta gente) y esas relaciones por interés: si es más rico o de mayor categoría, me encanta estar con él o ella; si es más pobre o de menor categoría, ni lo miro. Conocemos así a gente como los Stermarie o Mme. de Villeparisis. Esta última va a jugar un papel relevante en la lectura de estos días, en la relación con la abuela y, claro, con Proust, pero es curioso cómo al principio las dos mujeres parecen no verse (se ven, pero se ignoran). Es que es una sociedad rarísima, caramba. De hecho llega a pensar Proust que los nobles que son amables tal vez sean nobles de pacotilla (p. 355). 

Por otro lado, una vez saltadas esas normas sociales estrambóticas, nos encontramos con momentos bien interesantes protagonizados por Mme. de Villeparisis o por la princesa de Luxembourg, o incluso Robert de Saint-Loup. Por cierto, este Robert de Saint-Loup parece estar muy cerca de Proust, quizás sea una puerta que se abre para dejar salir la pulsión homoerótica del Proust autor (porque el Proust narrador, de momento, parece subyugado por las mujeres), o quizás Robert sólo sea un gran amigo del narrador, puesto que veremos que le acompañará en más momentos del libro. En cualquier caso, Saint-Loup es un personaje muy interesante: culto, brillante, de ideas avanzadas, sin prejuicios de clase, refinado, con gusto por el arte... No le perdáis de vista. Y no es la única persona de ideas avanzadas para su época en estas páginas, ocurre de manera similar con Mme. de Villaparisi: "A mi abuela y a mí nos sorprendió ver hasta qué punto era más liberal que la mayor parte de la burguesía" (p. 330)

Avanzada para su época, pero a saber hasta qué punto. Esto lo podemos percibir con el propio Proust cuando aparecen brevemente en escena las muchachas de las alquerías, de clases subalternas, (pp. 334-337) da grima esa mirada clasista (especialmente con respecto a las mujeres, insisto), esa parte del libro creo que ha envejecido mal, ¿no os parece?

Por cierto, en el hotel tenemos también a Françoise (la criada de la tía, ¿recordáis?), quien, por cierto, ha hecho más amistades y relaciones que la abuela y Proust (y esto hace que Proust se sienta fatal en comparación, p. 311). Aunque este sentimiento del narrador es extraño, porque cincuenta páginas después reflexiona sobre lo bien que está solo, concretamente cuando Saint-Loup le dice que qué bien estando juntos, qué bien esa gran amistad entre ambos, que seguramente era la mejor alegría de su vida (después de su querida, claro), entonces, Proust dice: "[yo] no sentía nada de aquella felicidad que en cambio podía experimentar cuando me encontraba sin compañero. A solas, algunas veces sentía afluir del fondo de mí mismo alguna de aquellas impresiones que me procuraban un bienestar delicioso." (p. 361) 

El humor sigue presente, sí. Me ha encantado la anécdota de Mme. de La Rochefoucauld (una mujer bastante gruesa que ocupaba un sillón de dos plazas) y a la que alguien dijo no haber visto (p. 351). Anécdota, por cierto, que había oído atribuida al tenor italiano Pavarotti (¿os suena?). O cuando el error de cálculo al acercarse a la Princesa de Luxembourg hace que sienta "que vi acercarse el momento en que nos acariciaría con la mano como a dos simpáticos animalillos que hubieran adelantado la cabeza." (p. 319). O cuando está desesperado porque ha recibido carta de Bergotte en vez de la lechera. Aunque el mejor momento (si hablamos de humor) es la situación en la que aparece, inesperadamente, la sr. Verdurin. Sabréis exactamente de qué hablo cuando aparezca (es que no quiero destriparlo).

Pasad una buena semana del Día del Libro.

Saludos cordiales, 

Pep Bruno