A la sombra de las muchachas en flor, IV

Libro que estamos comentando
retrato de Proust

Hola a todas y todos, voy con algo de retraso esta semana, espero que me disculpéis, pero abril es un mes tremendo para quienes nos dedicamos a contar cuentos, no encuentro el momento de ponerme a escribir (es la una de la madrugada ahora, haceos una idea). Para esta semana os propongo la lectura de unas 70 páginas (desde la 215 a la 287 en mi edición), es decir, os propongo dejarlo cuando la abuela y el joven Proust se comunican golpeando la pared de sus cuartos en el hotel de Balbec al que han ido.

 

ESTA SEMANA

Hay una primera parte en la lectura de esta semana en la pasamos por el desierto del amor de Gilberte. Me impresiona las vueltas y revueltas en las que se enreda mientras nosotros, como espectadores, vamos viendo cómo la cosa se va marchitando y cómo él se va montando sus películas. A ratos parece que se hiciera un Juan Palomo: yo pienso, ella hará, yo haré, ella pensará... y todo será maravilloso al final. Madre mía, con lo buen observador que es lo poco atinado que está viendo lo que vemos el resto. Tal vez puede ser que la llama de la esperanza se mantiene a pesar de todo y es un querer no ver. Pero vamos, que se ve.

Por otro lado aparece, aunque fugazmente, Albertine, de quien, por lo que sé, creo que vamos a oír hablar más. 

Aunque para mí los mejores momentos de estas páginas están al final, en el viaje de tren para el que le han recomendado que beba coñac y/o cerveza para que no esté demasiado excitado y es desopilante el rato que pasamos leyendo cómo se encuentra de animado y cómo disfruta escuchándose arrastrar las palabras, es magnífico. La abuela avergonzada ve con disimulo los avances de la borrachera desde el asiento de enfrente (p. 265 y siguientes).

Están también las reflexiones de rigor (magníficas y siempre al hilo de lo vivido en el libro) y, en esta semana podremos disfrutar de unas cuantas sobre la belleza (Balbec no es como Siena, y eso resulta decepcionante). 

Aunque hay dos momentos que me han parecido absolutamente brillantes. En primer lugar la descripción del director del hotel: "una especie de retaco con la cara y la voz llena de cicatrices (dejadas en la una por la extirpación de numerosos granos, en la otra por los diversos acentos debidos a unos orígenes lejanos y a una infancia cosmopolita)" (p. 279). Lo de las cicatrices en la voz me ha encantado. Y, por otro lado, el momento en el que entra en la habitación de hotel, ¿se puede ser más atinado?: "Es nuestra atención la que pone objetos en un cuarto, y el hábito el que los retira y nos hace sitio en él. Y sitio, no lo había para mí en mi habitación de Balbec (mía solo de nombre), estaba llena de cosas que no me conocían, me devolvieron la ojeada recelosa que les eché y sin hacer caso alguno de mi existencia me hicieron comprender que yo alteraba la rutina de la suya." (p. 284). Impresionante, ¿no os parece?

Bueno, os dejo por hoy, espero que disfrutéis de la lectura de estos días, me iré asomando a ratitos para leeros.

Pasad una buena semana, 

Pep