A la sombra de las muchachas en flor, II
Hola a todas y todos, continuamos con este segundo volumen que se va desplegando entre almuerzos, conversaciones con adultos y emociones infantiles. Una delicia.
Para esta semana os propongo la lectura de unas 80 páginas, en mi edición desde la p. 79 a la 159, justo donde el autor habla de Bergotte y de su uso del adjetivo "dulce", antes del párrafo que comienza: "También decía, con una sonrisa tímida, de páginas suyas cuando alguien le declaraba su admiración: «Creo que es bastante verdadero, bastante exacto, puede ser útil»".
Vayamos al lío.
ESTA SEMANA
No sé si es que el ojo se me está acostumbrando a esta manera de escribir o que el autor va impregnando el texto de más momentos divertidos, lo cierto es que la lectura de esta semana me ha parecido que viene bastante salpimentada de situaciones hilarantes, al menos me han hecho soltar una carcajada cuando menos me lo esperaba. Aquí van unos cuantos ejemplos: cuando la abuela se empeña en curar al niño con unos buenos pelotazos de coñac –que no se cura, pero que al menos está bien animado y ve las cosas de otra manera– (p. 91); o como cuando Mme. Bontemps pierde el privilegio de haber conocido a la princesa (p. 119 y siguientes); o como cuando Mme. Swann quiere hablar con el niño sin que nadie se entere y habla con él en inglés –que es el único que no sabe inglés de toda la sala– (p. 146); o cuando el protagonista conoce por fin a Bergotte en persona –es un pasaje glorioso, qué rato de reír– (p. 149 en adelante). Es un humor a veces tan fino, tan sutil, y otras veces tan descarnado. En fin, no sé, creo que según va avanzando la lectura estoy disfrutando más del libro. ¿Os sucede a vosotras, a vosotros, igual?
Por otro lado, seguimos las peripecias de nuestro protagonista y los avances en su amistad con Gilberte y con la familia Swann, donde acaba siendo un habitual (a pesar del rechazo inicial). Es curioso ese cambio, ¿no os parece?, pasar de casi mendigar unas migajas de atención a ser una persona que se presenta como Pedro por su casa casi a cualquier hora y siempre es bienvenido. Quizás la enfermedad del joven Proust (desatada tras ir a jugar con Gilberte a los Campos Elíseos), quizás el cambio de la propia Gilberte, quizás el interés de los Swann... no sé, lo cierto es que ese cambio sucede y la narración avanza por derroteros más mullidos, más cómodos.
Y mientras vamos siguiendo todos estos avances la narración no se interrumpe y las reflexiones enjundiosas no cesan. Como si de un hilo que atraviesa toda la trama se tratara, la melodía de Vinteuil vuelve a aparecer en estas páginas y nos vuelve a servir para reflexionar sobre el arte (pp. 127-130) y sobre la percepción del arte, son, en verdad, pensamientos muy sabrosos que nos darían para hablar largo y tendido.
Más adelante, cuando el pequeño protagonista conoce a Bergotte en persona hay otro momento bien interesante, cuando reconoce al Bergotte que escribe en el Bergotte que habla, ese estilo personal y tan particular que hace bellas sus novelas y que resulta, por otro lado, extraño en su hablar.
Sigue siendo una lectura, en cualquier caso, exigente, al menos en mi caso no es un libro para leer de cualquier manera, necesito contar con tiempo y calma para dejarme atrapar por esta prosa magnífica y esta historia con tantas capas. ¿Os sucede a vosotras, a vosotros, igual?
Pasad una buena semana de lectura y, ya sabéis: os leo en los comentarios.
Saludos cordiales,
Pep Bruno