La parte de Guermantes, III
Hola a todas y todos, seguimos con la lectura de este libro enorme por el que vamos avanzando poco a poco. Dejamos Doncières y volvemos a París con la familia, los amigos, el amor... y los salones burgueses, un territorio en el que nos hemos movido en volúmenes anteriores. Para estos días os invito a leer unas 75 páginas, de la 167 a la 244 en mi edición.
Vamos con ello.
ESTA SEMANA
Tras la conversación telefónica con la abuela la vuelta a París de nuestro protagonista parece algo precipitada. Sin embargo, esta vuelta nos regala unas cuantas reflexiones sobre qué sucede cuando se extraña lo propio, lo cotidiano. Sí, empezamos la semana con unas páginas muy sabrosas en las que Proust llega a casa y ve a su abuela leyendo (sin darse cuenta de que él la está viendo). Me ha encantado.
Hay después un momento de transición en el que el narrador reflexiona sobre el dormir y los sueños (otro momento muy sabroso) y otras cuestiones que cada vez van teniendo más presencia como la de ser un escritor que no escribe. Desear ser escritor, no parar de leer, hablar de ser escritor... y no escribir (bueno, no hacerlo de joven, que más tarde ya sabemos que se le abrieron los diques de la prosa infinita).
Por otro lado Robert Saint-Loup llega finalmente a París y va junto con el narrador a conocer, por fin, a su amante Resulta que a la amante ya la conocíamos (no voy a desvelar quién es ni voy a dar muchas pistas, sólo diré su nombre, Rachel) y, como en otras ocasiones, será un personaje que volverá a aparecer en distintos momentos a lo largo del libro. En verdad es un personaje en ascenso: desde el lugar donde la conocimos (en el volumen II) a ahora ha subido un escaloncito, pero según tengo entendido la cosa va a seguir esa línea. Ahora es una muchacha con aspiraciones teatrales y la querida de uno de nuestros personajes principales, pero creo que también podemos reconocer en ella comportamientos que ya vimos en Odette (ojo al tema del collar de Boucheron). En este sentido hay una cosa que me da tremenda pereza, lo de los celos. Yo no sé vosotros, vosotras, pero esa actitud celosa de Saint-Loup es burda y le quita mucho de su encanto.
Al hilo de este encuentro con Robert y Rachel, me han gustado mucho unas cuantas reflexiones del narrador sobre la distancia desde la que se mira a alguien (en este caso a Rachel) para verle las imperfecciones o encontrarla perfecta, empieza aquí: "En la breve comedia, Rachel hacía un papel casi de simple comparsa. Pero vista así, era otra mujer." (p. 205); pero al mismo tiempo, apenas dos páginas después, nos encontramos con los distintos papeles que juega una persona en el día a día (en este caso hablando de Saint-Loup y de su fría despedida en Doncières: "En uno de sus papeles me quería profundamente, se comportaba conmigo casi como si fuera mi hermano; mi hermano, ¡lo había sido, había vuelto a serlo, pero durante un instante había sido un personaje distinto que no me conocía!" (p. 207). Son momentos muy sabrosos.
Más adelante volvemos al salón burgués, en esta ocasión al de Mme. de Villeparisis donde hay un buen momento para despellejar a algunos personajes, a reencontrarse con otros (como Bloch), a conocer a otros (como Alix, con quien establece un paralelismo como si de una de las Parcas se tratara) y para ir viendo estos encuentros desde la mirada algo más adulta del narrador. Por cierto, también hay momentos para algo de humor: "«¿El amor?», había respondido una vez a una señora pretenciosa que le había preguntado: «¿Qué piensa del amor?». «¿El amor? Lo hago a menudo, pero nunca hablo de él»." (p. 229)
Dejo la lectura justo en el momento en el que entra al salón "el excelente escritor G..." (p. 224).
Pasad una buena semana de lectura.
Saludos cordiales,
Pep Bruno