La parte de Guermantes, II
Hola a todas y todos, nos vamos adentrando en este tercer volumen de A la busca del tiempo perdido. Esta semana os invito a leer las páginas en las que nuestro protagonista está en Doncières junto a los militares, es decir, desde la página 87 a la 167 (en mi edición).
Al lío.
ESTA SEMANA
La lectura de estos días se me ha pasado en un suspiro. No sé si será por el cambio de aires (y de personajes) o porque hay muchos momentos que me han parecido bien entretenidos, lo cierto es que me lo he zampado del tirón. No he querido seguir para no romper la "unidad" de la lectura de estos días y también para dar tiempo a quienes estéis algo más rezagadas, rezagados, y podáis alcanzarnos sin problema.
Estas páginas transcurren en un ambiente muy masculino, y aunque hay referencias a algunas mujeres (como Mme. de Guermantes, o la querida de Saint-Loup, o el momento en el que siente el deseo en ese callejón oscuro, glups) creo que lo importante es esa vida cuartelaria (elegante, eh, de finales del S. XIX) con tantos jóvenes con los que conversar y compartir. Esta cercanía, especialmente con Saint-Loup, nos brinda algunos momentos que podrían revelarse como claramente de tendencia homosexual, como si habilitara espacios para una interpretación desde esa perspectiva de todo lo que está pasando en estas páginas, por ejemplo: "«Tengo celos, estoy furioso», me dijo Saint-Loup, a medias riendo y a medias en serio, aludiendo a las interminables conversaciones que yo mantenía aparte con su amigo. «¿Es que lo encuentra más inteligente que yo? ¿Es que lo quiere más que a mí? Entonces, ¿sólo tiene ojos para él?»" (p. 141)
La pasada semana veíamos la precipitada llegada de Proust a Doncières y en estas páginas vemos que, finalmente, tiene que pasar la noche en el cuarto de su amigo, donde son bastante felices (los dos) y comen perdices (perdón, no he podido evitar la bromita). Aunque al día siguiente Proust tiene que marcharse al Hôtel de Flandre donde, sorprendentemente, se encuentra a las mil maravillas y donde descansa estupendamente (quizás porque anda algo más cansado, también hay que decirlo, tras los largos paseos y entretenimientos del día: "Algunas veces mi fatiga era todavía mayor: había seguido las maniobras durante varios días sin poder acostarme. ¡Qué bendición entonces la vuelta al hotel!" (p. 109)).
Esos días Proust disfruta del prestigio de Saint-Loup entre sus compañeros y también puede mostrar sus conocimientos entre ellos con opiniones, anécdotas, reflexiones... que causan siempre buena impresión. Reconozcamos que, a pesar de ser una persona tan delicada de salud, es un protagonista bien interesante al que, en verdad, todo interesa: el arte y la estrategia de la guerra "fui con frecuencia a ver las maniobras de campaña del regimiento; fue entonces cuando empecé a interesarme por las teorías militares que los amigos de Saint-Loup desarrollaban durante la cena" (p. 108); los sueños (pp. 102-104); las diferencias entre la nobleza (pp. 154-158); etc.
Pero no nos olvidemos el afán principal de nuestro protagonista: el amor desbocado por Mme. de Guermantes. Por eso vemos cómo pide a Saint-Loup que le hable bien a su tía de él y, en un alarde de osadía, le llega a pedir la foto que tiene de ella en su cuarto (una foto con escote visto, ahí es nada). También le afecta mucho al joven Proust la situación en la que se encuentra Saint-Loup con su amante: peleados, reconciliándose, vuelta a pelearse, vuelta a reconciliarse... porque en función de cómo estén ellos dos podrá ir más pronto o más tarde a visitar a Mme. de Guermantes con su sobrino. No os desvelo cómo se desarrollan los sucesos, pero como no lo ve claro Proust, al final, encuentra otra excusa para ir a ver a Mme. de Guermantes (excusa que se vuelve a anudar con uno de los protagonistas del volumen pasado).
Antes de terminar, dos cosillas.
La primera, que me ha interesado mucho un momento en el que habla de la apropiación de las ideas de los otros: "Esa admiración se completaba con una asimilación tan total de sus ideas que al cabo de cuarenta y ocho horas había olvidado que esas ideas no eran suyas. De ahí que respecto a mi modesta tesis Saint-Loup, absolutamente como si siempre hubiera habitado en su cerebro y yo no hiciese otra cosa que cazar en sus tierras, se creyó en el deber de darme calurosamente la bienvenida y su aprobación." (p. 142). Es algo que me resuena mucho.
La segunda, ¿no os parece muy tierno lo del teléfono y la abuela?
Pasad una buena semana de lectura,
saludos cordiales,
Pep Bruno