La parte de Guermantes, I

Libro que estamos comentando
Retrato de Marcel Proust

Hola a todas y todos, continuamos con la lectura de este libro colosal y lo hacemos entrando en el tercero de sus volúmenes: hoy comenzamos «La parte de Guermantes», una pena haber dejado atrás el largo verano de Balbec y sus muchachas en flor, pero seguro que en este nuevo volumen nos encontramos con otros momentos y personajes memorables. 

Para esta semana os invito a leer las primeras 75 páginas (pp. 15 a 91 en mi edición).

Al lío.

 

ESTA SEMANA

La historia continúa en París, nos encontramos en el nuevo domicilio de la familia Proust con la incombustible Françoise volviendo a ocupar foco (bueno, en Balbec no dejó de aparecer en un momento u otro). Lo cierto es que en estas primeras páginas vemos el cambio de la vivienda de los Proust desde la mirada de Françoise, a quien poco parece importar que la casa nueva sea parte del edificio de los Guermantes. Primero no hace más que despotricar, pero luego parece acostumbrarse y a interesarse por las vistas desde las ventanas de la casa. Lo cierto es que ahora los Proust viven muy cerca de los Guermantes y esta cercanía desmitifica (en parte, ojo) la figura de la familia noble, su castillo, su historia... y crece la imagen de Combray y de su valía (p. 34).

Espigo las primeras citas de las reflexiones del narrador a partir de lo que le comenta Françoise, una cita, por cierto, que me ha dejado picueto por su actualidad. "Françoise aún no había comprendido que nuestros adversarios más crueles no son los que nos contradicen y tratan de persuadirnos, sino los que exageran o inventan las noticias que pueden apenarnos" (p. 31). O, más adelante: "Lo que está lejos puede sernos más conocido que lo que está cerca." (p. 32).

El segundo momento de la lectura de estos días es la noche en la ópera a la que el narrador va (su padre le cede la entrada) para ver, de nuevo, a la Berma. Creo que son muy interesantes las reflexiones que despliega el narrador con respecto a esta nueva actuación de la Berma (y al arte y la expresión artística) a la que llega sin expectativas: "mi impresión, más agradable que la del pasado, no era distinta. Solo que ya no la confrontaba a una idea previa, abstracta y falsa, del genio dramático, y comprendía que el genio dramático era precisamente eso." (p. 63). En las siguientes páginas se reflexiona con enjundia sobre toda esta cuestión, no dejéis de disfrutarlas (yo tengo bastante subrayado, por cierto). Aunque lo más relevante que sucede en esta noche de ópera no está en el escenario donde está la Berma, sino que está en el "escenario" de los palcos donde la mismísima princesa de Guermantes ve entre el público al joven Marcel (recordemos, su vecino) y le saluda. Acabáramos.

Como si hubiera sido tocado por el dedo de dios, este joven narrador se ve elevado a las alturas en una apoteosis vital y, como no puede ser de otra manera, se pone a hacer de sí mismo (cosa que, como hemos visto hasta ahora, no suele acabar bien). No quiero destriparos lo siguiente que ocurre en la trama y que tiene que ver con unos paseos matutinos que hacen enfadar, y no poco, a la persona interpelada. Ya me diréis. (Yo es que me tiro de los pelos, la verdad, cada vez que le veo entrar en estos bucles.)

Una vez más sólo hay una manera de escapar de este círculo en el que se va enredando y es salir de París. De esta manera, por fin, volvemos a reencontrarnos con Saint-Loup, aunque es sorprendente la primera frase que dice Saint-Loup cuando ve a su amigo Marcel que ha venido a visitarlo por sorpresa: "¡Ah, qué fastidio!", pero bueno, no digo nada para que desveléis el motivo por el que dice esto cuando lleguéis a ese punto de la lectura. Sí, por fin el joven Proust ha ido a visitar a su amigo en Doncières, a la guarnición militar. Y por aquí termina la lectura de esta semana.

Pasad unos días estupendos de lectura,

saludos cordiales, 

Pep Bruno