Hasta el capítulo 5 de la segunda parte, incluido
“Si el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro, el misterio habanero es que la ciudad, a pesar de todos esos pesares, sobrevive (...)sigue siendo el sitio al que muchos quieren ir, en el que otros muchos empecinados queremos estar, a pesar de todos los pesares, que son muchos. Y en mi caso-que también debe de ser el de otros-porque es el lugar donde soy y estoy.
Y por eso yo escribo. (...) estoy aquí porque pertenezco a este lugar, porque aquí está la razón de ser de que quiera y necesite escribir, aquí viven las personas de las que quiero expresar sus dudas, esperanzas, frustraciones, miedos. “
Queridas viajeras, queridos viajeros:
¿Qué tal estáis? ¿Tal vez estéis sintiendo algo parecido a lo que me ocurre a mí?
Y es que leyendo a Padura siento melancolía por esa ciudad que se desmorona y zozobra, que no es Cuba, pero que es el corazón del país. Una suerte de nostalgia por un tiempo que no viví, por una ciudad y un país que no conozco, pero que, de la mano del autor, puedo entrever... Algo de tristeza y de desesperanza, de fatalidad sensación de impotencia, algo de esa ajenitud que siente Padura, todo ello, junto con la belleza decadente de sus plazas y de sus edificios más emblemáticos, y la gloria pasada de otros edificios nuevos, modernos, emblemas del progreso que hoy, agonizan, en medio de un jardín repleto de basura.
“(...) en La Habana hay cada día más ruinas y más personas afectadas por la dolorosa fealdad de la pobreza”.
Comentamos esta semana los últimos capítulos de la primera parte, esos textos que vincula el autor con su literatura y su propia vida (con la ayuda inestimable de su esposa Lucía) y los primeros cinco capítulos de la segunda parte, esos reportajes y crónicas periodísticas que conectan con la vida de Padura e, inevitablemente, con su literatura. Periodismo, literatura y vida se retroalimentan y entrelazan, son los múltiples rostros de sus textos, como la doble cara de La Habana, la hermosa, remozada y rozagante, a disposición de los turistas foráneos y de algunos cubanos afortunados, y la otra, la de los barrios del cinturón de La Habana, los asentadores de chabolas con techos de chapa, la que luce grietas y desconchones en las casas, en la vía pública.
Hemos repasado, gracias a Ir a La Habana, la historia del país, y, entre los últimos acontecimientos narrados en la obra, a mí me han impresionado dos momentos, uno es el breve periodo de esperanza y optimismo casi ingenuo de los cubanos ante los movimientos de acercamiento de la administración estadounidense de Obama y Cuba (no lo vivió así Mario Conde, el alter ego de Leonardo Padura, por lo tanto, no lo vivió así el propio autor), como la época pandémica y pospandémica, que ha supuesto un declive aún mayor para la sociedad habanera, en todos los frentes: económico, social, cultural, con las cifras de exilio, interior (del campo a la ciudad) y exterior, más elevadas de su historia. Pasar de la expectación del 2015 y 2016, recibiendo a Madonna, a los Rolling, a Obama, a la época de aislamiento, confinamiento y oportunidades perdidas, y la vuelta al bloqueo en el mandato de Donald Trump.
¿Qué capítulo os ha impactado o sorprendido más?
Dice Leonardo Padura que, en sus entrevistas, se ve obligado a explicar por qué no se marcha de Cuba:
“Aquí está mi lengua, este idioma habanero en el que hablo y escribo. Y porque tengo una conciencia ciudadana que me impulsa a cumplir la responsabilidad de fijar una verdad en la que creo, que seguramente no será la única verdad posible, que algunos tratarán de devaluar o tapiar o negar, pero que otros muchos saben que es verdad y que esa verdad exige que de ella también haya memorias como la mía (...)”