Parte III

Libro que estamos comentando
Caracol. Imagen de https://ecologiaverde.elperiodico.com/partes-de-un-caracol-4166.html

Queridas amigas, queridos amigos:

Avanzamos en la lectura y conversación de El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elizabeth Tova Bailey (Capitán Swing), esta semana, en torno a la Parte III. 

En estos capítulos (Miles de dientes, Tentáculos telescópicos, Espirales maravillosas y Recetas secretas), Tova Bailey se adentra en el estudio y observación de la fisiología de su caracol: dientes, tentáculos, concha, baba, órganos internos... hasta la manera en la que estos gasterópodos se adentran y perciben el mundo: 

un caracol depende casi exclusivamente de solo tres sentido: el olfato, el gusto y el tacto, siendo el olfato el más crucial de los tres. Mi caracol no podía oír nada en absoluto; vivía en un mundo en el que reinaba el silencio. 

A medida que vamos leyendo este ensayo, encontramos más similitudes entre el pequeño bichillo y la autora, encerrada en una habitación aséptica, blanca, aislada de su hábitat natural, sin poder moverse y viendo, inevitablemente, las mismas cosas, afectado su sistema nervioso, no soporta casi la música... excepto los cantos gregorianos a un volumen apenas audible. 

El caracol, lleva a cuestas su casa (que va reformando delicadamente a medida que va creciendo), esa espiral maravillosa, 

responsable del sonido del mar que se oye cuando uno se acerca una concha vacía al oído: el ruido del exterior entra en la cámara en curva y el eco resuena de atrás hacia adelante, mezclándose hasta crear un sonido parecido a las olas.

Tengo la sensación de descubrir, junto a la autora, a un ser tan maravilloso como su espiral, esa arquitectura prodigiosa que ha inspirado a los hombres a crear escaleras o las brocas. Y, en esta intersección/inspiración entre naturaleza y humanidad, caigo en la cuenta de la cantidad de objetos y procesos que hemos copiado (con mayor o peor fortuna) del medio natural: como el vuelo, una de las mayores aspiraciones y deseos del ser humano. 

Me conforta a mí también comprobar cómo la autora desplaza su atención de su propio país de enfermedad (tan ingrato y tan inevitable y consustancial al ser humano) hacia su caracol, sus evoluciones, sus recetas de secreciones para diversas actividades (¿no es maravilloso que la baba de un caracol no sea la misma si quiere reproducirse que si se desplaza por una pared vertical?) 

Elizabeth Tova, como un naturalista del XIX, quiere saber más y más acerca de su caracol, y a través de esa curiosidad, de esa búsqueda de consuelo, nos vinculamos con la Naturaleza. 

¿Conversamos?