Parte I y Parte II
Hola, amigas, hola amigos:
Iniciamos la lectura de un ensayo delicioso, sosegado e íntimo, profundamente humano: El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey.
La autora, aquejada de una enfermedad incapacitante, ve reducirse sus movimientos, su paisaje vital, sus relaciones. Ella, que era una mujer joven y vital con múltiples intereses, se ve obligada al reposo, a guardar cama, restringiéndose sus movimientos e interacciones con el mundo exterior casi a cero.
En estas circunstancias, una amiga encuentra un caracol y se lo lleva. Elisabeth no comprende qué ha de hacer con un caracol, un animal que a priori puede parecer bastante soso, pero poco a poco, observando las evoluciones de este pequeño gasterópodo, comienza a sentir conexión, cobijo, consuelo... a través de este ser vivo que, como ella, ha sido trasladado a un mundo que le es ajeno, pero que puede moverse, explorar, descubrir, guarecerse, beber y comer...
El libro, además de la observación consciente de una pequeña parte de la naturaleza (del caracol y su hábitat, primero, las violetas silvestres, más tarde ese terrario que atesora todo un reino vegetal exclusivo para el caracol), reflexiona sobre la salud cuando nos falta, del derroche de energía de los que están sanos, sobre el tiempo que nos falta en nuestras vidas ocupadas y el tiempo que sobra cuando la enfermedad llega a nuestras vidas. La prosa es delicada, poética, con un ritmo sosegado, y vamos cayendo en la cuenta de todo lo que el caracol ofrece a Elisabeth: relajación, curiosidad, observación, cuidado (a ella la cuidan, pero ahora puede cuidar también al caracol), asombro...
Con el simple deseo de cepillarme los dientes me venían imágenes del cuarto de baño de mi casa, con las vistas sobre los viejos manzanos y el jardín de amapolas desde la ventana. Recuerdo que me parecía divertido observar la ropa colgada sobre las amapolas. El amarillo, el naranja y el rojo de sus pétalos realzaban el azul de las sábanas y los colores de los camisones, que estiraban sus brazos hacia abajo como queriendo alcanzar las flores.
Son muchos los fragmentos que he anotado en mi cuaderno, pero me gustaría que compartieseis alguno que os haya gustado especialmente.
Y, al hilo del libro con el que Elisabeth se documenta para aprender más sobre el caracol (Mascotas curiosas), alguna vez, en vuestra infancia, ¿habéis tenido una mascota, digamos, curiosa?
Contadme qué sensaciones estáis sintiendo con esta lectura. Y empezad a pensar qué canción o qué tipo de música le iría a nuestro caracol, o a nuestra autora.
¿Nos leemos?