3ª parte. Hasta el capítulo 16.

Libro que estamos comentando
Cubierta de El mundo de Yarek

La dulce Arcadia en que se convierte el planeta Ianus durante unos meses nos ofrece un fascinante vistazo a un ecosistema que se encuentra en plenitud, un entorno donde la vida y los recursos naturales se entrelazan de manera equilibrada. 

Este edén, donde los frutos similares a pistachos nutren a una vasta variedad de fauna y, entre ellos, a los shertas, nos recuerda el importante mensaje ecologista que la obra transmite. Ianus funciona como una rueda perfecta en la que cada ser vivo, a su manera, contribuye al mantenimiento del ciclo vital del planeta. 

En este panorama, la figura de Yarek, se convierte en el hilo conductor de una profunda reflexión sobre la evolución. A lo largo de la obra, Yarek observa con inquietud y asombro la rápida transformación de los iloi. Son seres que, al principio, parecían ser simples criaturas infantiles, pero que han comenzado a mostrar características de jóvenes adultos en búsqueda de cortejo y procreación. Aquí, la curiosidad de Yarek lo lleva a cuestionar el potencial evolutivo de los iloi: “¿Y qué había del siguiente paso en la evolución? ¿Tendrían que esperar durante generaciones sin fin hasta desarrollar un lenguaje, descubrir el uso del fuego, aprender a protegerse de la intemperie, crear mitos, forjar imperios?”. 

Estas inquietudes nos invitan a reflexionar sobre el proceso evolutivo y las similitudes y diferencias que podrían surgir entre los iloi y la humanidad. No obstante, la evolución no es solo un fenómeno biológico; también es un viaje emocional para Yarek, que se encuentra atrapado entre la nostalgia por decisiones pasadas y sus instintos primarios. 

La complejidad de sus sentimientos se intensifica cuando la realidad de su entorno comienza a desdibujarse con la llegada del invierno. La llegada de esta estación hostil es un recordatorio de que el equilibrio natural no es eterno; cada especie debe adaptarse o enfrentar la ruina. El encuentro con Jara, una iloi embarazada a la que enseguida reconoce y cuyo destino parecía sellado, sumerge a Yarek en una dinámica de cuidado y protección que desafía sus ideas preconcebidas sobre la vida en Ianus. 

El sentimiento de paternidad que emerge a partir del nacimiento de Nova, la cría de Jara, le recuerda a Yarek su propia humanidad y el significado de la conexión emocional. Sin embargo, su deseo por educar a Nova tal como a él le gustaría se enfrenta a la cruda realidad de su comportamiento instintivo, que es inherente a su naturaleza iloi.

En esos meses helados de Ianus, Jara y Nova salen al exterior en busca del contacto con sus semejantes, la comida de los árboles, el agua de los ríos que la impronta genética les ha enseñado que necesitan para sobrevivir. Sin embargo, esos impulsos en una estación tan árida como es el invierno del planeta, tienen sus peligros. 

Yarek tiene que salir al exterior para rescatar a Nova, mientras que Jara tiene que quedarse moribunda bajo la nieve que se acumula en las tormentas. 

Nova olvidó pronto a su madre, pero no era una criatura hecha para estar encerrada durante tanto tiempo. Yarek ya había perdido toda esperanza de educarla a su manera. Aunque físicamente tenía algunos de sus rasgos, su comportamiento era el de un iloi.