Hasta el final de la Primera parte
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Continuamos acompañando a Ada y a los expedicionarios en estos primeros meses en la isla de Wrangel. Rápidamente, las condiciones climatológicas se endurecen; escribo “hace frío” y me quedo, inevitablemente, muy corta, esa expresión no alcanza a definir la mordedura bestial y paralizante de una temperatura que, en ocasiones, sobrepasa los menos cuarenta grados. La autora cuenta en una entrevista que intentó, en la medida de sus posibilidades, emular este frío, esta incomodidad. Escribir de pie, dejar que su piel sintiese la dentellada del invierno... sin embargo, no sé si podríamos, ninguno de nosotros, experimentar esas penalidades. Tengamos en cuenta, además, que Ada con su metro cincuenta de estatura, su temor a los animales y su educación menonita (alejada de las tradiciones y costumbres de su pueblo), no parece ser una buena candidata para sobrevivir en el Ártico.
Comentábamos cómo Ada soñaba con que Crawford, el británico pelirrojo, pudiera llegar a ser un padre para su hijo Bennet. En estos capítulos, intenta acercarse a él, y sueña despierta... se ve en Seatle, embaraza de su primer hijo en común, siendo felices en una tierna espera junto con Bennet. ¿Hubo algo entre ellos o todo fue una fantasía de Ada? Era muy importante que su hijo tuviese un padre blanco.
Ada rememora la tarde previa a su partida, cuando fue a despedirse de su hijo y a llevar al padre Lavesque los primeros cincuenta dólares. El cura trasladó al niño al dormitorio más cálido del hospicio; las cosas eran así de crueles, no importaba cuán enfermo de tuberculosis estuviese, lo único que podía mejorar sus condiciones de vida era el dinero. En este contexto, no es extraño que Ada busque la seguridad para sí y para su hijo, y un hombre blanco es lo que está buscando, un nuevo padre.
Sin embargo, hay cierto romanticismo (¿platónico?) en las pretensiones de Ada: cuando se marcha, en plena noche, tras la alucinación de las fogatas de su pueblo, se corta la trenza y la deja junto a él, como una ofrenda de amor. Terrorífico fue descubrir que él la había guardado, etiquetado el pelo de una esquimal, como el resto de muestras que recogía y etiquetaba. Una muestra cualquiera, no la trenza de su amada. Destacar, también, que Knight, el explorador al que ella más teme (le recuerda al que fue el amo y amante de su madre, el padre Brown), fuese el que la rescató aquella noche delirante en la que pudo morir a la intemperie.
La fiebre, el confinamiento, la escasez de carne, los animales que han desaparecido... Knight enferma de escorbuto, el ambiente en la cabaña es tenso y la violencia estalla por cualquier cosa: la gata Vic, una palabra, el aburrimiento... Corren peligro de matarse unos a otros, de acuchillar a los perros y comerlos, Es tan grande el ansia de carne fresca que Ada teme por Vic.
En el último tramo de esta parte, los exploradores salen de caza animados por los menos 19 grados de temperatura y acuciados por la necesidad de conseguir alimento (las gachas y el tocino les provocan náuseas a todos, también a Ada). Se marchan Crawford, Maure y Galle, dejando en la cabaña a Knight y a Ada. Pero el día avanza y la temperatura se desploma, y no regresan. Desaparecen en el hielo. El hielo, como un ente vivo que atrapa a sus presas: animales, hombres. Y, el oso, el oso que pretendían cazar se acerca al almacén atraído por el olor de las gachas y el tocino que Ada cocina para la cena. El estropicio es mayúsculo. Ya solo quedan Knight, Ada y Vic, con las mercancías muy mermadas tras el ataque del oso y con el explorador cada vez más enfermo de escorbuto.
Durante las semanas o los meses (ya han perdido la noción del tiempo, no saben en qué año están) que Ada cuida a Knight, éste se vuelve cada vez más violento, más irascible y agresivo. Su cuerpo desprende un olor fétido e insoportable, acusa a Ada de no cuidarlo, de escamotearle la comida... Ada lo intenta, intenta salvarlo, raciona la carne, incluso renuncia a su ración para dársela a él, pero no hay nada que hacer. Él muere y ella se queda sola, con Vic. Y con la esperanza de volver a ver a su hijo.
Pienso que en estos capítulos se despliega ante nosotros la problemática de la colonización: cómo parte del pueblo de los inupiat repudia sus tradiciones y su cultura para abrazar las de los colonos, las del hombre blanco. Esto se ejemplifica muy bien en la madre de Ada y en las tensas relaciones que comienza a mantener con su propia madre y el padre de Ada. Y con su hija. Las circunstancias en las que vivía el pueblo inupiat (relegados a las afueras de la ciudad, con tiendas desgarradas, pobres y explotados por los blancos) contribuían a que anhelasen vivir con los blancos, deseando que los aceptasen y educasen a sus hijos. La seguridad la encarna el hombre blanco, por ello anhela un padre así para su hijo.
En este sentido, Ada es una desclasada, no pertenece del todo a su pueblo y, por supuesto, tampoco al pueblo de los blancos, a los cristianos. Sin embargo, Ada está empezando a hablar su lengua nativa, esa que el padre Brown le arrancó a la fuerza. ¿Recuperará su esencia en esta isla asolada?
En mi opinión, no podemos dejar pasar el desastre de organización de la expedición. Fue el célebre y controvertido explorador canadiense Vilhjalmur Stefansson (recordad la prevención de los inupiat) quién se encargó de ello. Eligió a un joven de 20 años (Crawford) como jefe, solamente porque era canadiense y era la única manera de reclamar la isla para los británicos cuando pasara el tiempo reglamentario. Maurer era, también, inexperto, había participado brevemente en otra expedición en la isla Wrangel, en la que murieron 11 personas... y, sí, Stefansson también la había organizado. Galle tenía 19 años y estaba encantado, enfervorecido, con la idea de participar. Knight estaba sediento de aventuras y era ambicioso (como el resto), no se había terminado de curar el escorbuto de un viaje anterior y la recaída fue mortal para él.
Si gustáis, hablamos.