Hasta el final
“Todo viaje es circular. Yo había sido zarandeado a través de Asia, trazando una parábola sobre uno de los hemisferios del planeta. Después de todo, la gran travesía es precisamente la manera que tiene un hombre inspirado de dirigirse hacia casa”.
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Finalizamos la lectura de “El gran bazar del ferrocarril”, acompañando a Theroux a través de Vietnam, Japón, y rumbo a Siberia... y vuelta a casa.
He tenido la sensación de que, pese a los peligros de moverse por Vietnam en una época (1973) en la que la guerra aún no había terminado, el escritor se sintió muy mal en Japón, en los trenes ordenados, precisos y asépticos del país nipón. Como si tanta eficiencia, tanta asepsia, le quitasen todo el romanticismo a su viaje. Todo el bazar al ferrocarril.
“¡Qué eficiencia y qué rapidez! Sin embargo, yo echaba de menos lo desahogado de los ferrocarriles indios, las amplias literas en los compartimentos de madera que olían a curry y a cigarros; sobre la letrina había una jarra con agua y fuera, en el pasillo, un hombre con una botella de cerveza en una bandeja. Esos trenes se movían al ritmo de Alabammy Bound o de Chattanooga Choo-Choo y representaban todo lo mejor que tiene el bazar del ferrocarril”.
De hecho, admira y valora el espíritu y la fortaleza de los vietnamitas:
“Al cabo de tantos años, uno esperaba verlos derrotados. Sorprendía comprobar que eran mucho más que supervivientes. Pese a las crueles interrupciones causadas por la guerra, habían mantenido obstinadamente la rutina de la escuela, del mercado, de la fábrica. Al menos una vez al mes, el tren sufría una emboscada, y la gente hablaba de la ofensiva como si se tratara de algo inevitable, con el mismo tono con que se referiría a los monzones”.
Aunque, por otro lado, reflexiona sobre la presencia estadounidense en el país y los malos hábitos adquiridos / heredados / impuestos:
“la vigencia de los privilegios venía a ser una versión del derroche estadounidense. Era una función de la guerra, que produjo un sistema obsequioso para procurarse la simpatía de los visitantes, todos los cuales (¿por los peligros que creían correr?) necesitaban ser tratados como vips. Cda visitante era un propagandista en potencia y lo más irónico era que incluso el más manso, al verse rodeado de honores y comodidades, se volvía proclive a ofenderse por cualquier nimiedad. Esta hospitalidad, aumentada por la natural generosidad de los vietnamitas, continúa. Resultaba casi bochornoso aceptarla...”
Hay tiempo, sigue habiéndolo, para la belleza, para el asombro:
“Una columna de lluvia caía sesgada de una nube fugitiva sobre una ladera, y el azul dejaba paso al verde oscuro, al verde claro de los campos llanos cubiertos de brotes, que, después de una franja roja de arena, se convertía en una inmensidad de océano azul. Las distancias eran tan enormes y el paisaje era tan vasto que tenía que estudiarse por partes, como un mural contemplado por un niño”.
Quisiera introducir aquí la conversación que mantiene con el americano, Chester, en el tren con destino a Sapporo:
“Chester creyó que yo mentía, y cuando lo convencí de que decía la verdad empezó a hablar en un tono bromista y conciliador, como si yo estuviera chiflado y pudiera ponerme violento. Resultó que no le gustaban los libros de viajes. Dijo que no quería herir mis sentimientos, pero que pensaba que los libros de viajes no servían para nada. Le pregunté por qué.
Porque todo el mundo viaja Así, ¿quién necesita leer acerca de ello?”
¿Qué me decís de esto, lectores viajeros?
Theroux, en el capítulo en el que emprende el regreso a casa, reflexiona:
“Y había aprendido lo que siempre creí en mi fuero interno, que la diferencia entre escribir sobre viajes y escribir obras de ficción es la misma direferencia que hay entre registrar lo que ven los ojos y descubrir lo que la imaginación conoce. La ficción es puro gozo, ¡qué lástima que no pudiese recrear el viaje en forma de obra de ficción!”
Como dice nuestro escritor:
“El viaje ha terminado y el libro también, y dentro de un momento volveré a la primera página, y para distraermeen el camino hacia Londres, leeré con cierta satisfacción el viaje que comienza así: “Desde niño, cuando vivía cerca de la vía férrea...”
Las montañas de mármol, de Vietnam
Lectoras, lectores: ¡última llamada!