Hasta el capítulo 7, incluido
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Iniciamos viaje.
“Hay libros que en realidad no terminan de escribirse hasta mucho tiempo después de que se hayan publicado. Este es el caso de El gran bazar del ferrocarril, el libro de viajes que lanzó a la fama a Paul Theroux en 1975. En aquella ocasión, el escritor emprendió un viaje en tren que lo llevó de Londres a Tokio, pasando por algunos países del este de Europa, Turquía o la India. Treinta años después, Theroux decidió volver tras sus huellas y repetir aquel mítico viaje. El «retorno» dio lugar a Tren fantasma a la Estrella de Oriente, publicado originalmente en 2008. Es entonces cuando nos enteramos de que aquel libro legendario que es El gran bazar del ferrocarril nació en parte de un impulso homicida. Al parecer, Theroux descubrió a su regreso que su mujer lo había «sustituido» por otro. Ese otro había vivido en su casa, ocupado su cama y jugado con sus hijos. Reconoce que en ese momento quiso matarlos a los dos. Por suerte, en vez de empuñar un arma, se sentó a escribir el libro.
Pese a escribirlo con furia, «maltratando la máquina de escribir», Theroux quiso dar al libro un carácter alegre, por lo que no hizo mención a sus «tumultos domésticos». Tal vez el único rastro de que algo no iba bien aparece en la dedicatoria: «A la legión de los perdidos, a la cohorte de los condenados, a mis hermanos en su pena allende los mares…».
Estos párrafos están extraídos del artículo “Paul Theroux, una obra en marcha”, publicado en Jotdown y escrito por Rebeca García Nieto.
Me parecía importante contextualizar la génesis de la obra, así como el regreso de Theroux a los lugares de “El gran bazar del ferrocarril”, con un nuevo libro en el que se explica ese impulso “furioso/homicida” del autor y su costumbre, criticada por su hermano Alex Theroux, de mezclar realidad con ficción... si bien yo encuentro que la mezcla es magnífica.
“La conversación, como muchas otras que tuve en los trenes, contenía una agradable franqueza debida al viaje compartido, a la comodidad del vagón restaurante y a la seguridad de que no volveríamos a vernos. El ferrocarril era una bazar en el que cualquiera que tuviese la paciencia suficiente podía obtener un recuerdo para saborear luego a solas. Los recuerdos eran siempre inconclusos, pero, como en la mejor ficción, siempre llevaban implicado un final.”
Magnífico, como sin duda es el viaje que emprende:
“De niño, cuando vivía cerca de la vía férrea de la compañía Boston & Maine, raras veces oí el paso de un tren sin sentir deseos de montar en él. Esos silbidos parecen cantos embrujados: los ferrocarriles son bazares irresistibles, que serpentean perfectamente nivelados por las desigualdades de cualquier paisaje, mejorando tu estado de ánimo con la velocidad y sin volcar nunca tu bebida. El tren es capaz de infundirte tranquilidad en lugares horribles, no tiene nada que ver con los angustiosos sudores de muerte que provocan los aviones, el mareo de los autobuses de trayectos largos o la parálisis que aflige al que va en automóvil.”
Un viaje de búsqueda de un tren tras otro que le lleve a Asia, y que conlleva, inevitablemente la descripción, a veces satírica, a veces tierna, a veces humorística, de pasajeros típicos y atípicos. Porque, como bien escribe:
“Yo buscaba trenes y encontraba pasajeros.”
Este libro de viajes dibuja un momento muy concreto, histórico, de hace cincuenta años, y como ese retrato hay que aproximarse a él y, después, disfrutar de los paisajes que son cuadros a través de la ventanilla de un tren cualquiera, y de los encuentros de Theroux con los pasajeros.
“La escena era como una pintura flamenca en la que el sujeto que orinaba constituía un vívido detalle. El marco de la ventanilla del tren, al retener la escena por unos instantes, hizo de ella un cuadro.”
Paul Theroux viaja desde Londres a París, desde París a Estambul, luego, a Teherán, a Afganistán, a Peshawar, a Lahore... y nos regala reflexiones sobre el tren y el viaje, siempre el viaje:
“decidí que el viaje era mitad huida y mitad persecución...”
“La inanición le quita todo el encanto a los viajes y, desde este punto de vista, el Orient Express es más inadecuado que el más pobre tren de Madrás, en el que se pueden cambiar unos cupones por una bandeja de hojalata con legumbres y un plato de arroz.”
“Mi primer día en la ciudad lo dediqué obsesivamente a pasear, como un hombre que de pronto se ve liberado del enclaustramiento de un largo cautiverio. La única molestia del tren, para un paseante como yo, es no poder caminar.”
“El romanticismo asociado al coche cama se deriva de su extremada privacidad, de su gran intimidad, que combina las mejores cualidades de un armario dotado de movimiento.”
“Un tren es un vehículo que permite sentirse en una residencia: comer en un comedor, nada podría resultar mejor.”
“Mirar por la ventanilla de un tren de Asia es como ver un documental inédito sin la molesta banda sonora. Yo tenía que conjeturar la finalidad de la actividades que observaba (...)”
¿Cuáles son vuestras relaciones con el tren como medio de transporte? ¿Os horroriza? ¿Os encanta? Si no es el tren, ¿cuál es vuestro medio de transporte favorito? ¿Alguna anécdota curiosa que os haya sucedido en un tren? (Yo tengo alguna, pero me voy a esperar...) Y, por último, ¿alguna novela o libro de viajes que transcurra en uno o varios trenes?
Reseña de “El gran bazar del ferrocarril” en Un libro al día
¿Nos leemos? Hummm, por cierto... ¿leéis en los trenes?