Hasta el capítulo 15, incluido
Queridas viajeras, queridos viajeros:
Esta semana seguimos viaje por Paquistán, India y Sri Lanka a bordo de trenes pequeños, grandes, desvencijados, incómodos, en primera clase, en tercera clase, compartiendo vagones de cama, con compañeros molestos, extravagantes, contenidos, extraños. Las estaciones en las que se apea y/o acude Theroux son magníficas como palacios convertidas en aldeas en las que la gente se lava, come, se desnuda, duerme, realiza todo tipo de actividades íntimas sin ningún pudor... pero también las hay pequeñas, coquetas o terribles, perdidas en las montañas o en los valles, desde las que niños mendigos asedian el tren para robar agua del lavabo, o, a lo largo de las vías, piden limosna, venden todo tipo de productos alimenticios (plátanos, té...) e, incluso, hacen sus necesidades observando el transcurrir de los trenes, bajo grandes paraguas negros y leyendo el periódico.
Es un viaje alucinante de paisajes y gentes, de supercherías contadas una y mil veces (como la ubicación de Abel y Caín), de intentos de engañar al viajero extranjero con supuestas chicas inglesas que son, en realidad, niñas indias que no superan los quince años a las que prostituyen en una casa hedionda, infame. Me pregunto hasta dónde llega el fervor del autor por los trenes, en realidad siente muy poca curiosidad por las ciudades o las aldeas, son paradas necesarias para coger un tren, el siguiente. Siempre el siguiente.
En este periplo de trenes que enmarcan el paisaje, la selva, el océano, las dunas, los pueblos y las gentes como si fuesen cuadros, Paul Theroux tiene encuentros con personajes extraños quienes, lo confieso, me interesan casi más que los paisajes o las ciudades. Por ejemplo, el enfermo drogadicto:
“El hombre ceceaba y su aspecto era un poco estrafalario. Su cabello, partido por una raya, le llegaba más debajo de los hombros, sus brazos delgados estaban embutidos en estrechas mangas y lucía tres anillos con grandes piedras de color anaranjado en cada mano, brazaletes de varias clases y un collar. Su cara me asustó: era el semblante cadavérico de un loco o el reflejo de una dolencia fatal, con los ojos y las mejillas hundidos en una cara exangüe, chupada y lívida. Tenía una mirada amenazadora y mientras me observaba, jugaba con un pequeño monedero de cuero. Dijo que se llamaba Hermann y que iba a Nueva Delhi. Había sobornado al revisor para poder viajar en compañía de un europeo. “
Hermann toma opio, morfina, heroína cuando la consigue, fuma marihuana, hachís... como escribe Theroux: “Había llevado su abandono a un país abandonado.”
Hay un personajazo, en mi opinión, que es el interventor general del Punjab, Vishnú Bhardwa. Honrado a carta cabal, amable, discreto, silencioso, contenido... hasta que, al final, revela su parte excéntrica, volverán a verse, tal vez en Londres o en EEUU, según el horóscopo que consulta a diario.
Otro es el odioso señor Radia, clasista, intolerante, molesto. O el enlace con la embajada, en Jaipur, el señor Gopal, exagerado hasta la mentira, con el que Theroux se ve obligado a realizar visitas, ciertamente, rocambolescas a un templo con babuinos o a un museo, o el dentista chino Wong, que se gana muy bien la vida, pero que solo sabe hacer dientes con masilla que no sirven para comer.
Nos va relatando Theroux sus experiencias con los diferentes grupos étnicos, como los tamiles (intransigentes con la gente que no sable hablar inglés y hablan hindi, algo inaudito, según ellos, que se comunican en tamil, claro, pero sobre todo en inglés), los gondis que practican la poligamia, etc., o grupos religiosos como los sijs.
Una característica de nuestro autor es que, continuamente, está leyendo, adquiriendo nuevos títulos para el viaje: Joyce, Browning, Somerset Maugham o las andanzas de un yogui, el libro que consigue en el áshram, pese a que el tema no le interesa lo más mínimo.
Nuestro autor está sobrepasado con la miseria y la pobreza de los países por los que viaja, es algo que le entristece y le indigna.
“Me sorprendió como algo prácticamente descabellado, en un país que se estaba muriendo de hambre, que treinta personas quisieran asistir a un seminario de tres días sobre literatura estadounidense en el que yo había de ser el orador principal. La literatura norteamericana es bella, pero me parece algo incongruente en una zona catastrófica. (...) En la famélica isla de Ceilán, el seminario de literatura norteamericana incluía tres opíparas comidas, abundancia de té, una habitación gratis en el New Orient Hotel de Galle y todo el whisky que uno pudiera beber.”
Y, a vosotros y vosotras, ¿qué situación de las que vive nuestro autor os ha llamado más la atención? ¿Y qué ciudad, paisaje, aldea... os gustaría visitar? ¿Qué personaje extraño (o no tanto) os ha interpelado más?
Para algunos de los lugares, os comparto estos enlaces a páginas web, vídeos y pódcast:
Shimla, una isla victoriana en la India
La estación de trenes más bonita del mundo está en la India (Victoria, Mumbay)
Jaipur, la ciudad rosa de la India
Selva de Madhya Pradesh, donde se inspiró Rudyard Kipling
La antigua Madrás, pódcast RNE
Contadme, contadnos, cómo estáis viviendo / leyendo este gran viaje.
*(La foto que ilustra esta entrada es la del famoso tren “de juguete” Kalka-Simla, nuestro autor Paul Theroux eligió para ese trayecto de 96 kms, el automotor, una máquina que no precisaba de locomotora para funcionar).