El diario de la peste: hasta capítulo 16. Final
“Descubrí que es más fácil ser quien una es mientras se encuentra perdida y alejada del mundo.”
Esta cita define no solo el espíritu de Elena Hurtado López de Ayala, una doncella noble con ansias de desarrollar su identidad más allá de los rígidos patrones establecidos por la sociedad del siglo XVI y refrendados por sus padres, sino también de la propia novela. Nos encontramos ante una historia sobre la libertad, el afán de supervivencia y la soledad como estado para valorarse y evolucionar como persona.
Continuamos y finalizamos con los cuatro últimos capítulos la lectura que nos ha acompañado durante el mes de febrero
El chico, que se presenta como Agustín el de la Quinta, vuelve con los mantos muy pronto, ella le paga con una pulsera y le pide también provisiones, aceite y harina.
Pocos días más tarde, Elena oye ladridos de perros muy cerca de la cueva. Cuatro hombres y seis perros se acercan y le dicen que buscan a una mujer llamada doña Elena Hurtado López de Ayala. Su prometido había recibido la nota que le había enviado con las monjas. Elena casi ya no tenía esperanza en ese trozo de papel firmado por una Elena muy diferente a la de ahora, más ingenua y menos autónoma.
El día de Navidad la ciudad de Toledo está aparentemente igual que hace un año. Elena está en su casa, pero, aunque su alcoba no ha cambiado nada, su familia ya no está con ella. Después de su rescate, descubrió que su prometido había salido a buscarla nada más recibir la nota. También que una de las últimas cartas de su padre había sido para su prometido, en la que le contaba que su mujer y él estaban enfermos y que seguramente no podrían volver a Toledo, pero le pedía que cuidara de su hija, que se casara con ella y llevase la hacienda y los negocios. En la casa habían encontrado al servicio viviendo en las habitaciones principales como si fueran los señores, sin ninguna preocupación por el destino de los dos niños de la casa, que habían desaparecido durante la noche. De toda la extensa familia, solo habían sobrevivido a la peste su prima Violeta y ella, así que entre las dos habían dividido todas las casas, haciendas y bienes.
Con las declaraciones de Elena se recupera el cuerpo de su hermano. Tras una pequeña investigación, se determina que ella no tuvo nada que ver con el fallecimiento y que se produjo por muerte natural, y se trasladan los restos a Toledo para darles un entierro cristiano digno.
Don Jerónimo cumple su promesa de casarse con Elena, que, al heredar, se convierte en un partido muy codiciado. Tras la boda, el matrimonio se va a vivir a Madrid, pero Elena sigue teniendo muy presente esos meses que pasó aislada en la cueva y, cuando sus hijos alcanzan la edad que tenía ella entonces, les narra la aventura y les enseña el diario, aunque ellos, al haberla visto siempre como señora noble de la casa, no terminan de creerse que su madre aprendiera a pescar truchas con sus propias manos.
Honor y promesas
Los protagonistas de esta novela pertenecen a la nobleza. Por eso, los conceptos de honra y honor, tan presentes durante el Renacimiento y el Barroco en nuestro país, se pueden ver en sus acciones y decisiones.
Elena rinde honor a su padre y a su promesa de cuidar a su hermano en cualquier circunstancia. También don Jerónimo, el prometido de Elena, actúa con honor al tomar la decisión de casarse con ella pese a las nuevas circunstancias y al acudir a su rescate a pesar de no estar casados aún. Es cierto que con el casamiento don Jerónimo gana tierras y dinero, pero cuando Elena le ofrece salir de ese trato que había cerrado su padre, él la respeta y le dice que seguirán adelante y cuidará y honrará la palabra que le había dado a su padre.
Los principales personajes de El diario de la peste:
Don Diego Hurtado López de Ayala
Es el hermano pequeño de Elena, se llevan nueve años. Es rubio, de piel muy blanca, ojos claros, grandes y achinados, y unos rasgos de niño eterno que llaman la atención de la gente. En la novela se menciona que la madre de ambos ha estado embarazada otras veces, pero que no ha sobrevivido ningún hermano más. Tampoco pensaban que Diego fuera a sobrevivir, pero sí lo ha conseguido. Al ser varón, por la ley de herencias del siglo xvi en ese momento en España, debería haber sido él quien heredase las tierras, casas y bienes de la familia, pero tiene una discapacidad que hace que la familia prepare a Elena para que sea ella quien reciba las propiedades cuando falten sus padres. A cambio, le hacen prometer que cuidará siempre de su hermano, porque solo esa discapacidad, ese no poder valerse por sí mismo, ha permitido que Elena pueda heredar de sus padres. Esto es algo excepcional, pues siempre era el hijo varón quien recibía toda la hacienda. Cuando salen huyendo de la casa, Diego sigue las instrucciones de su hermana en todo momento, confiando en ella como siempre.
Don Juan y doña Magdalena
Son los padres de Elena y Diego. Al inicio de la novela se encuentran confinados en La Puebla de Montalbán por la epidemia de peste.
El padre, don Juan, es un hombre serio y estricto dentro de la casa y sagaz e implacable fuera de ella. Proviene de una familia de la baja nobleza que se había enriquecido con el comercio: lanas, vino, cuero y aceite. Don Juan es un hombre firme e inteligente para los negocios, ilustre y bien conocido en Toledo. Dedicarse a la actividad comercial y no vivir de rentas no estaba bien visto entre los nobles, y por eso en ocasiones algunas familias poderosas de Toledo tratan a los Hurtado con desprecio. Sin embargo, como padre, es distante con Elena, hasta que ella comienza a crecer y se dan cuenta de que su hermano Diego no podrá heredar las propiedades; solo entonces don Juan comienza a confiar un poco más en ella. Cuando la joven cumple 12 años, le confía el secreto del pasadizo oculto de salida de la casa y le hace prometer que siempre cuidará de su hermano.
Doña Magdalena se retrata como una mujer dulce, serena, dueña de sí misma y señora de la casa, en contraste con su hija, todavía muy movida y adolescente. Proviene de la familia López de Ayala, emparentada con alguno de los nobles de mayor relevancia en el reino. Se había criado con su abuela, la duquesa de Arcos. La familia de Magdalena siempre ha mirado por encima del hombro a don Juan, de una clase social inferior. En ese matrimonio, ella aporta la clase y el abolengo y don Juan el dinero y la sangre nueva.
El servicio
Fadrique, el mayordomo; Ana, la doncella; Mariquilla, nodriza de Elena; Blas, el cocinero; Ginés, un esclavo liberado.
Todos están al servicio de la familia Hurtado, pero ya en las primeras páginas demuestran que, a pesar de haber cuidado de Elena y Diego desde pequeños, no les tienen tanta lealtad como para quedarse a su cargo si la epidemia de peste llega hasta la casa. Hasta planean matarlos para así librarse de ellos y poder huir con la comida, dinero y bienes que puedan robar. A Elena le duele que la persona que más defiende esa idea sea Mariquilla, la nodriza que la ha criado durante años.
Las monjas del convento de San Clemente En su huida de Toledo, Elena y su hermano se encuentras con las monjas del convento de San Clemente. Las mujeres le cuentan a la joven que eran cincuenta las que viajaron para cuidar a sus hermanas en el convento cisterciense de Santa María de la Huerta y hasta ahora, debido a la peste, solo habían sobrevivido quince. Son ellas las que le sugieren a Elena que se refugien en la cueva de Santa Marta, donde podrán descansar hasta que sus familiares vayan a buscarlos. También son ellas las que le prometen a Elena que harán llegar a Madrid la nota que redacta la joven para su prometido. Esa nota es la que le salva la vida al final del libro.
Agustín el de la Quinta
También apodado Tarambán por Crispín, el papagayo de Elena, es un chico joven al que Elena se encuentra en el campo. Es menudo, con nariz pequeña, un aire de ingenuidad que le recuerda a su hermano Diego. Él la confunde con la Tarasca, personaje de una leyenda de la zona. Elena le sigue el juego y, bajo amenaza de usar sus poderes y comerle, le pide que le lleve mantas y comida. Agustín cumple con las promesas y proporciona víveres a Elena, que luego ella utiliza en la cueva.
A modo de epílogo, considero que es una novela muy acertada para introducir la temática de una pandemia histórica, así como la necesidad de supervivencia en caso de necesidad, explicando cómo la naturaleza puede servir de ayuda tanto para alimentarnos como para aliviar nuestro dolor mientras buscamos y encontramos una solución mejor. El lenguaje es muy llevadero y cualquier interesado en esa época, no solo adolescentes sino adultos, sacará algo de valor tras sus palabras.
A modo de epílogo, considero que es una novela muy acertada para introducir la temática de una pandemia histórica, así como la necesidad de supervivencia en caso de necesidad, explicando cómo la naturaleza puede servir de ayuda tanto para alimentarnos como para aliviar nuestro dolor mientras buscamos y encontramos una solución mejor. El lenguaje es muy llevadero y cualquier interesado en esa época, no solo adolescentes sino adultos, sacará algo de valor tras sus palabras.
Feliz semana de lecturas
Saludos
Alejandro López