Hasta el capítulo 27, incluido
También estaba pensando que quizá más adelante le gustaría ser un oso. Pero como Arthur, para poder ser a veces niña y otras veces osa. Dormiría en la tundra sin tener frío gracias a su cálido pelaje y sería tan fuerte que podría nadar en el río grande y resistir largas caminatas descalza y sin cansarse nunca.
Hola, amigas, hola amigos:
Leemos y conversamos en torno a nueve capítulos más, hasta el capítulo 27, incluido. ¿Por dónde empiezo?
¿Cómo transmitir la inmensa ternura, comprensión y aceptación de la pequeña Emaleen? ¿Cómo captar su sabiduría, cultivada entre la magia y la practicidad?
No era solo por la cicatriz en el hocico del oso o la oreja herida, ni por el lugar del bosque donde deberían haber estado Arthur y la piel. Quizá lo había sabido siempre. Puede que no hubiera comprendido los detalles más escabrosos, pero su subconsciente había captado cosas aquí y allá: los huesos de la cría de alce bajo la cama, los días que desaparecía en el bosque sin alimento ni tienda de campaña, el olor de su piel y el sabor de su boca.
¿Cómo podemos describir el enajenamiento de Birdie, esa ceguera provocada por el amor, aunque en su fuero interno siempre supo que él era un oso?
Y ¿cómo no sentir compasión por Warren, ese padre que se atrevió a soñar que el amor era el remedio, que Arthur no volvería a enfundarse su piel de oso, que se quedaría con la mujer y la niña, que decidiría ser un hombre, un hijo humano?
Tenemos a Arthur intentándolo, tratando, con toda su fuerza de voluntad, quedarse con Birdie y con Emaleen, llevar una vida hogareña, sin cazar, sin buscar alimento. Y empieza a perder peso, porque la comida, la vida misma, no tienen sabor, ni olor, ni atractivo. Está perdiendo su esencia.
Birdie está desesperada y, cuando Arthur y la pequeña Emaleen le muestran cuál es su verdadera naturaleza, no se conforma. Quiere a Arthur, sea oso o sea lo que sea. Quiere que vuelva a casa. Le persigue, deja de limpiar la cabaña, no enciende el fuego, obliga a su hija a comer pescado crudo. Lo ama, y ama la vida salvaje que ha descubierto con él. Birdie está aislada, confusa, enamorada...
La pequeña Emaleen, sin embargo, sabe que están en peligro... y, aunque quiere a Arthur, entiende que cuando se pone su piel de oso, no controla sus impulsos y puede hacerles daño.
A mí, Arthur me genera sentimientos encontrados, pero entiendo su naturaleza. Las quiere, las quiere muchísimo, pero es lo que es. Cuando se queda cuidando a Emmaleen para que Birdie tenga su escapada en libertad, comienza a sacrificarse, y quiere seguir haciéndolo, aunque en ese sacrificio se le vaya la vida. Hasta que no puede más, porque se está dejando morir y esa también es una forma de abandono.
Y, rodeando a esta pequeña familia desestructurada, formada por dos especies animales distintas, la dureza de vivir en medio de la montaña, cuando llega el frío y los recursos alimenticios escasean, y la belleza del medio natural, que es deslumbrante, y aterrador...
¿Qué os han parecido estos capítulos? ¿Cuáles son vuestras sensaciones?
A mí esta novela me ha recordado a otra que ya es casi un clásico: Oso, de Mariana Engel. Publicada en 1976, narra la relación entre Lou, una bibliotecaria y un oso. Ellos son los dos únicos habitantes de una isla a la que Lou se ha trasladado por trabajo; está inventariando una biblioteca en una mansión. Lo que sucede entre Lou y el oso es muy parecido a lo que sucede entre Birdie y Arthur, en el plano sexual y yo diría que, de alguna manera, también en el plano sentimental. Es una novela que no te deja indiferente. La tenéis en bastantes bibliotecas de Castilla-La Mancha, e imagino que en otras redes bibliotecarias también estará. Os dejo el enlace al catálogo de la editorial por si no la conocéis.
Nada más por el momento... ¿conversamos en los comentarios? Creo que merece la pena que expresemos todo lo que esta historia nos está haciendo sentir.
- Episodio de podcast Viajar a Alaska, La maleta de Carla.
(Fotografía: By steve lyon from los angeles, ca, usa - Alaska, CC BY-SA 2.0)