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Parte IV. Salvaje

Libro que estamos comentando: 
Salvaje

Queridas viajeras, queridos viajeros… seguimos avanzando por el Sendero del Macizo del Pacífico en compañía de Cheryl Strayed, pese a las penalidades, el esfuerzo físico y psíquico y los recuerdos de su pasado que a veces están impregnados de nostalgia y a veces nos sumen en el desconsuelo de la niña no querida.
En estos cuatro capítulos Lou sin Lou, Hasta aquí, La acumulación de árboles y Salvaje, la autora pasa por todo tipo de calamidades, incluso, por la situación más peligrosa que el SMP le había brindado hasta el momento.
Son circunstancias extenuantes, que exigen de ella una gran fortaleza no solo física, sobre todo, psicológica. Y sabemos que Cheryl está curándose en el sendero. Intentando curarse.

  • La sed, el calor atroz, la toma de decisiones que resulta estar equivocada (no comprar la garrafa de agua, deshacerse de la bolsa de piel porque no podía cargar con ella…). Esta falta de agua bajo un calor horrible recorriendo un altiplano árido bajo un sol cegador, ardiente y… ¡llegar al depósito y que no haya agua! Pero Cheryl sigue adelante (nunca te rindas, recordad la cita de Churchill al principio de esta parte), en busca del embalse que encuentra, sí, lleno de lodo y agua turbia… ¡pero tiene depurador! Y eso, la salva. La noche, exhausta, la pasa dormida como un tronco solo interrumpida por centenares de manitas que resultan ser ranitas pequeñas, del tamaña de unas patatas fritas… ¿Habéis sentido, al leerlo, esa sensación de viscosidad?
  • Sus pies heridos. Los pies siguen dándole muchos problemas, pierde las uñas, están recubiertos de ampollas, ha de sentir un dolor intensísimo. En estos capítulos, en el 13, es cuando pierde las botas, las botas que han ido martirizándola toda el camino. Este fragmento, cuando lo leímos al iniciar la lectura de la obra, transmite con mucha fuerza la pérdida, ese perderlo todo… ¡si recorres el SMP es lo último que puedes perder!
  • El miedo. Cheryl Strayed, a lo largo de todo su viaje repite una y otra vez No tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo. Este mantra parece surtir efecto, pero en esta parte se da cuenta de que no. De que igual sí que siente miedo, y no pasa nada, es natural tener miedo. Está un poco más fuerte.
  • La soledad. Comienza a sentir que la soledad, estar con ella misma, no es tan terrible. De hecho, puede estar hasta bien. Comienza, creo, a quererse. Y ese comenzar a quererse y a reencontrarse, se representa muy bien en su declaración de intenciones: yo era escritora. Y en que se pone a escribir, que comienza a ejercer de escritora.
  • Los encuentros. Las personas con las que se sigue encontrando y reencontrando en el sendero, las situaciones surrealistas y absurdas, o tremendamente útiles y vitales para ella… Un periodista que entrevista a vagabundos y al que ella explica una y otra vez que no, que no es una vagabunda, que es una excursionista experta. Pero hasta ella misma cae en la cuenta de que algo de vagabunda tiene… Lou, Spider, Dave y el husky Stevie Ray (que se llama así en honor de Stevie Ray Vaughan); o una mujer herida que vive sintiendo que algo ha muerto para siempre en su interior tras haber perdido a su hijo; el vagabundo con el perro y el prometido de Lou… Rex, el empleado de Oregon fanático del SMP que le dice cómo conseguir botas nuevas, gracias a la garantía de la tienda donde las había comprado, Tracy, Stacy y Odin, compañeros intermitentes de viaje, los hippies que acuden al encuentro del Arcoiris en el Lago Toad (exuberantes, extravagantes, drogadictos)… La anciana que cuida de un niño desvalido que canta una hermosa canción, y que tiene una llama ¡! (Estrella fugaz) y un perro, (Miriam)…
  • Esperanza y asombro. Esta parte del camino es muy dura, durísima, pero Cheryl nos deja atisbar pequeños destellos de esperanza, está en la cima del mundo, rodeada de árboles, de flores silvestres como las que su madre recogía en pequeños ramilletes; y, al final, dejamos a Cheryl Strayed que llora, llora al fin, sintiendo plenitud y cayendo en la cuenta de que había otras cosas asombrosas en el mundo (más asombrosas que la incapacidad de su padre para quererla como ella merecía), obsequios del sendero: la canción del niño Kyle, el ciervo, las azaleas, un melocotón con una nota cariñosa de dos personas que pensaron en ella.

Quería también hacer una pequeña reflexión sobre el sesgo atencional. No sé si es eso exactamente lo que le ocurre a Cheryl con la guía (esa guía de viajes que, también, va quemando a medida que va cumpliendo etapas), pero cuando leí esa parte me pareció que sí. Ya sabéis que el sesgo atencional consiste en que nuestro cerebro tiende a prestar atención a aquellas cosas que le interesan o le preocupan. Por ejemplo, si nos gusta un determinado modelo de coche, lo vemos muy a menudo. ¿Pensáis que, inconscientemente, estaba pensando en dejarlo todo atrás y buscando dónde irse, y por eso, se fijó en la guía? A mí me parece muy curioso este sesgo y me reconozco ahí. A menudo pienso que es magia, pero, pero, pero. No. Es mi cerebro, fijándose en lo que le obsesiona.
Os dejo algunos enlaces:
Hobo Times (artículo en inglés)
Pie Grande (Big Foot)
Steve Ray Vaughan Album Texas Flood
A Summer Bird-Cage, de Margaret Drabble
Limonada Snapple
Burney Falls
Lolita, de Nabokov
Historia del SMP
Valle de Seiad
Dublineses de Joyce
Castle Crags.
Familia del Arco Iris de la Luz Viva
Lago Toad
Canción Red River Valley (que canta Kyle).
Es vuestro turno, quiero leeros. Salud y largo viaje, lectores. 
(Foto: Burney Falls).