Hasta “Por el valle del Jiloca”, incluido

Libro que estamos comentando
Estación de Daroca

Va a ser ése mi destino: el de seguir los pasos de otros en busca de no sé muy bien qué. O sí: en busca de esa huella en el paisaje que los hombres vamos dejando a lo largo de la historia y que es nuestra verdadera memoria. Porque el paisaje nos sobrevive a todos, sobrevive al paso del tiempo y a los sucesos de los que fue testigo y cuyo rastro queda impreso en él para siempre.

Queridas viajeras, queridos viajeros:

Continuamos viaje con este libro tan especial de Julio Llamazares. El escritor se pregunta una y otra vez qué busca con este viaje, qué destino o meta persigue, qué objetivos han de justificar este viaje que recorre, más que un territorio geográfico e histórico (que también) un territorio sentimental.

En estos capítulos, el autor recorre la provincia de Teruel y visita la ciudad, una ciudad a la que parece haber abandonado la ilusión junto con la juventud que se marcha y no vuelve (como un Ulises que no regresa, que dice la funcionaria del Gobierno de Aragón, Aragón). El padre de Llamazares y su amigo Saturnino jamás volvieron, fueron testigos de demasiado dolor y demasiada muerte.

Vine aquí buscando una fantasía, la que albergó la memoria de mi padre toda su vida, pero ahora que estoy en Teruel siento que esa fantasía nunca existió excepto en mi conciencia culpabilizada por no haberle escuchado cuando debí hacerlo. Sólo así puedo entender mi desasosiego, que me acompaña desde que comencé este viaje pero que hoy, en Teruel, siento con más intensidad quizá porque sigo sin saber cuál es su verdadero objetivo.

De cualquier manera, ¿no es esa la dirección de cualquier viaje? La de buscar, la de preguntar y preguntarse, aunque las respuestas sean huidizas y el camino solo nos sugiera más y más preguntas.

Dice Llamazares que, recorriendo el territorio turolense, es imposible imaginarse a aquellos soldados, calzados con alpargatas y vestidos con ropas escasas, expuestos a un frío atroz, y a un no menos terrorífico y cierto miedo a morir. El tiempo que encuentra el escritor es benigno y el abandono de las estaciones de ferrocarril, integradas en ocasiones en vías verdes, pese a su indudable tristeza y melancolía, no dejan de trasladar una dulce melancolía, alejada de aquel miedo paralizante que debieron sentir los que batallaban, los que iban a cubrir la batalla, los habitantes de los pueblos. Aunque las comparaciones no tienen sentido, qué terrible circunstancia la de esos jóvenes soldados, alejados de casa, en medio de un páramo helador y desértico, tratando de sobrevivir a una noche más, a una escaramuza más...

Nadie vuelve de una batalla siendo el que era y menos de una batalla tan cruel como la que aquí se libró, tanto que su sonido aún resuena en la memoria de los vecinos de estos lugares que, igual que los soldados, la sufrieron en sus carnes y aún la recuerdan con pena y miedo.

 

La prosa es hermosa, exacta y, en muchos párrafos, poética y cinematográfica:

Las tejas y los ladrillos, con el último sol del día, arden contra el horizonte propagando su fuego a los antiguos depósitos de agua y a los carteles de hierro, cuyo óxido también se incendia. La imagen de la estación de Caminreal, en la que desembarcó mi padre una madrugada gélida de 1938, es ahora una estampa del Far West más que la de un lugar de Aragón, una fotografía de cine en la que sólo falta un tren envuelto en vapor deteniéndose ante un andén desierto en el que nadie espera al hombre que baja de él. Poco a poco, sin embargo, el incendio se diluye y, en su lugar, el anochecer se abre paso en el paisaje y en los tejados de la estación sobre los que cruzan ahora en dirección al oeste grandes bandadas de grullas negras.

Destacar la rigurosa documentación que sustenta al libro, además de la honestidad con la que Llamazares aborda cada encuentro, cada desencuentro, cada conversación sea esta insustancial o no... Las personas, los lugares, los paisajes, los caseríos y la ciudad se entrelazan con la imagen de un escritor maduro, sereno, que reflexiona y viaja sin pausa pero sin prisa, con la lucidez del que sabe que aquello que busca es algo inasible, difícil de precisar y de describir... tal vez, por eso, aún más precioso.

Por cierto... ¿reconoceríais a Julio Llamazares si os lo encontráseis en una de las calles de vuestras ciudades o pueblos? Y si así fuese: ¿qué le diríais? :-)

(Fotografía de la estación abandonada de Daroca. Fotografía tomada de aquí.)